Taimaboffil's Blog

A la mujer, jóvenes y niñ@s, con pretendida óptica revolucionaria.

OLA DE CALOR


Ola de calor

 3 de Febrero de 2010 por Mora Torres.Monografías.com

Me despertó un viento ardiente desde el cielo, sobre la cara (Grandes circuitos que distribuyen calor); un soplo del infierno, el aliento de Vulcano.

No era Vulcano, ni ninguno de los dioses del fuego (Mitología griega)  pero ellos estaban casi presentes en mi macondiana habitación (Cien años de soledad): días y noches y semanas había funcionado el ventilador de techo que cuelga sobre mi cama; al fin se mimetizó con el calor, ya no era un instrumento refrescante, era el sol que colgaba del techo de mi cuarto (Cambio climático, problema de salud global).

Sentí en todo mi cuerpo convertido en brasa un aviso de catástrofe, y con mi mano de fuego prendí el televisor; el control remoto hervía y obtuve una quemadura en forma de rosa roja, una llaga preciosa que de haber estado en el dedo anular hubiera significado mi casamiento con el desaforado estío (Conexiones cíclicas de la naturaleza).

Noticias

Como he exagerado en todo lo que conté hasta ahora, me sorprendió ver en el noticiero (Noticieros argentinos, ¿por qué sólo malas noticias?) -sin ningún pudor ni alta conciencia de exageración como la mía- que la primera plana de las informaciones estuviera usurpada por una sola palabra, con diferentes predicados: Calor: Buenos Aires se consume…

Haití queda tan lejos (Demasiada gente, demasiada pobreza…), y Bolivia y la tragedia en Machu Picchu, ¡quedan tan lejos de Buenos Aires!

Los habitantes de Buenos Aires, los que estamos aquí y no tan lejos como en Haití, sufrimos calor, y algunos, como yo, ¡hasta sin aire acondicionado!

Me maravilló el carisma periodístico: hacía una semana que tenía hechizada a la población con problemas meteorológicos (Satélites artificiales). Todas las demás noticias habían dejado de tener interés; los gusanos hirvientes flotábamos en el caldo tratando de alcanzar una radio, un diario, un televisor, para saber si haría más calor, o menos.

Cuando una ráfaga de frescura se colaba en los pronósticos, todo el mundo parecía triste; era evidente que sin catástrofe personal no se podía vivir, o al menos gran parte de las víctimas no podía (Ética del límite y condición humana…).

Una ola nos unía a todos, nos hacía “más” iguales; los cartoneros que revisaban la basura en busca de tesoros echados al descuido tenían el mismo calor que el doctor cuando bajaba de su automóvil, entraba en su consultorio y descubría que se había descompuesto el aire, de tanto uso; o que no había electricidad por exceso de usuarios -hasta mi pobrecito ventilador contribuía a la debacle.

Aunque a pesar de tanta indigencia del clima, a las tres de la tarde, con 40 grados centígrados, en la esquina de mi casa, los piqueteros se trenzaron en lucha con los antipiqueteros o, en realidad, los piqueteros identificados con una letra determinada se trenzaron en lucha con los piqueteros no identificados con esa letra determinada (para los que ignoran que, entre otras saludables características, Buenos Aires es la capital mundial del piquete, mis disculpas).

¡Oh, Dios, qué abecedario!

Considero diversos lugares de estadía

Pensar en el abecedario me llevó a pensar en los libros, en especial en las novelas que había leído durante toda la vida.

Y me pareció que eran casas adonde yo podría entrar cuando quisiera, adonde podría vivir por un tiempo, al menos hasta que pasara el calor.

Les cuento algunos lugares que se me ocurrieron y finalmente deseché:

Proust: me gusta Proust, y hasta me gustaría vivir en su habitación forrada de caucho para que los ruidos no penetren, pero no tengo el tipo de marquesa necesario para entrar en aquellos salones donde Marcel hace descubrimientos psicológicos y poéticos despampanantes. No.

Ciencia ficcion: se me hace que la ciencia ficción es más fría, está llena de nuevos metales refrigerantes e instantáneos, pero no me animo. ¿Sabré cuál botón debo apretar? No lo creo, no.

Thomas Mann: ¿y si me fuera a Thomas Mann, a su Montaña mágica?

Sé que la gente de ese sitio padece una romántica, congelada enfermedad: la tuberculosis. El lugar es majestuoso, en una montaña suiza, vistas de nieve celestiales y, en el comedor finisecular se comen delicias que ya no vienen… Aparte, me acuerdo de una historia de amor sutil y encantadora entre dos comensales, allí. Pero no sé si remontarme…

Envío

Estoy intentando leer algunos libros de ciencias naturales, como la vida de las ballenas, de los delfines, de los pingüinos. Ustedes, mis lectores, ¿podrían sugerirme un texto en donde yo pudiera entrar y quedarme a pasar el verano? Ya sabré cómo hacerlo; no digo que Dios me haya dado gran parte de su bolsa de trucos, pero sí un poco de imaginación.

Los quiero mucho, y querré todavía más al que me mande al lugar perfecto…

febrero 4, 2010 - Posted by | NARRATIVA | , ,

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