Taimaboffil's Blog

A la mujer, jóvenes y niñ@s, con pretendida óptica revolucionaria.

16 de julio 2011: El saco de visón de mi tía Consuelo – Newsletter #535

Editorial Monografias.com

por Mora Torres

Publicado el 14 de Julio de 2011 por Mora Torres

Una fotografía del presente se deslizó hacia ayer (Inmigración: fotografías) y mis ojos de cuando era niña sorprendieron esa imagen de mí (El sí de las niñas): cómo envidio a esta hada madrina (Mal de ojo), a esta hada vieja (Psiquismo y elementales) fumando junto al fuego una mañana de frío.

Es julio, estoy un poco resfriada y tengo mi chimenea (Efectos de la gripe humana AH1N1);  mis lápices están ordenados por color sobre la mesa, en cuanto lo  deseo, escribo o canto, ya con tinta vacilante, ya con voz oxidada, y  estoy completamente sola en ese viento de alegría (Canto a la vida).

El sacón de mi tía

“No  venderé este saco de visón, heredado, porque trae, junto con su  hermosura, escenas felices de cuando su dueña paseaba por las calles  preocupada tan solo por el brillo del sol”, pensé (La mujer vestida de  sol).

En  la trama donde se incrustaba cada hilo podía sorprenderse la antigua  alegría de mi tía, la dueña del visón, eran espejos móviles que la  mostraban, había quedado su sonrisa, su andar movía el resplandor y ella  caminaba a mi lado otra vez.

Vi  el árbol que ella me mostró, circundado por flores, vi las violetas que  prefería, y el perfume fresco de su blusa inundó la pieza, estábamos  ella y yo, como dije, otra vez en el mundo y el mundo era aquel de  cuando yo era niña y se movía como la rueda del mundo sobre los  jardines.

“Allá está la hamaca y la abeja que revoloteaba por tu casa”, exclamé “allá está el día en  que me leíste una Florecilla de San Francisco que dio contra mi corazón  con fuerza, y que todavía conservo y allá tengo cinco años y te  pregunto qué siente Dios cuando en misa le ofrecen incienso, incienso,  nombre que me cuesta repetir”, le dije mientras hacían girar la rueda.

Poco  después de esta aparición yo repetía aquello: “no venderé mi saco de  visón heredado de mi tía”. Pero los días son caníbales (El canibalismo:  ¿Necesidad, crimen o cultura?), y el corazón infiel, y  el vehículo del corazón que giraba y giraba fue a caer a una feria  americana, donde miraron las huellas del brillo de mi tía con ojos  codiciosos y ofrecieron cuatrocientos pesos por un resplandor de  incienso y mirra.

Envío

Más  que envío, esto es un aparte, como los personajes de los teatros  antiguos se retiran y como si ninguno de los demás personajes de la obra  los oyera hablan con el público, y digo esto:

Además  de la nostalgia, además del recuerdo de mi tía, ¡qué frío, qué bien me  vendría aquí entre las sierras el saco de visón! Pero… también lo  vendí porque me partía el alma cierta conciencia ecologista…

julio 16, 2011 Posted by | NARRATIVA, Uncategorized | , , | Deja un comentario

Hathos, la señora de la turquesa

Desperté a media noche y como sabiendo de unas nuevas letras, corrí a la computadora y leí de nuevo a una mujer con nombre de fruta pequeñita: Mora. Léanla todas y todos.

Hathos, la señora de la turquesa

Publicado el 22 de Junio de 2011 por Mora Torres

En un viejo cuaderno hallo escrito entre comillas, pero sin identificación de autor (Derecho de autor y a la intimidad):

“Hathos, la señora de la turquesa (La astrología), cuyo nombre significa: ‘La morada del Dios Sol’, es decir el mar”.

No sé de dónde lo saqué cuando lo copié, y además habla del mar (El velero. Una travesía por el mar de la existencia), no de las sierras y de campos y ríos amarillos. Sin embargo parece que viniera tan bien para celebrar mi encuentro con los árboles, con el cielo, con Dios y las mariposas hijas de mariposas que vuelan juntas y se chocan por la noche con el infierno de las lámparas -una lámpara es un abismo de mariposas (Serguei Yesenin: “Un solitario ante el espejo destrozado”).

Lo primero que escucho acá, aislada entre miles de metros de tierras llenas de verde, rojo y amarillo, lejos de todo, es el silencio (Hacia una pedagogía del silencio).

Y el silencio -no, no me estoy yendo más allá de mi locura previsible (La vejez: el último poema)- está compuesto de sonidos, a los que desde mi retiro llamo “Sones”.

Escucho sones como los de aparecer el amor, cuando la música no es negra sino roja, cuando la presencia se distrae escuchando, sabiendo, dedicándose a vivir (Hacia el hombre). Y luego, en un mismo fluir, está el son de volver de sí con cabellos de loca y ojos de más mirar que cruzan las colinas y se entrecruzan con una nube porque va a llover, y uno tiene el perfume de la lluvia que está por venir, que es un aroma musical (Los sonidos del barroco).

Y el sonido de volver de volver; ése ya es Beethoven, profundo y grueso, espeso como una selva, solemne como una marcha, maduro como la vejez.

Y el sonido de volver de la vejez y de volver de morir, hasta otro son, otra nota, otro don, hasta el final cuando el sonido de aparecer el desaparecer se fija, cuando se cae yéndose, y entonces ya no se escucha ninguna música, sólo la partitura oculta de Dios.

El río

Me voy al río, me paro frente a él, y dirijo la orquesta de aguas superficiales, casi mis propias lágrimas apenas, toda desvestida.

Y es la verdad el agua: yo transcurro.

Busco unos oídos muy refinados en la niebla para escuchar los reflejos de piedras y flores en el agua, para escuchar la fiesta de los musgos sobre las grandes piedras.

Quiero escuchar, por ejemplo, por primera vez en mi vida, claro, y detrás de estos velos verdes, la voz de Farinelli.

No es imposible.

Intento pasar por la voz con este cuerpo, todavía.

Me enlazo a la tierra y se detienen los montes que estaban pasando en el momento, se detienen los pequeños gorjeos de los pájaros cantadores fúnebres, y mi cuerpo pasa, quizás hasta llegar a Farinelli, por vidrio, agua, silbos y chirridos.

El silencio, claro, desenmascarándolo, es la quietud de mi memoria.

Preciosa esa quietud: estoy en ella, en lo alto, en lo que brota del paisaje, y como cazadora devoro, como sin importarme qué, si ramas, si sentidos, sentimientos, y sueño sueños elevándose donde quemo gorriones en páginas que quiero escribir en el futuro: gorriones que ahora están vivos en la palma de mi mano.

Y al confundir en este éxtasis gorriones con papeles escritos, quiero escribir de nuevo todo lo que escribí, en mi vida, todo lo que dibujé con varias letras, porque siento el sonido del silencio y, con toda modestia, he descubierto la verdad.

Escuchen esta verdad, amigos, que la doy porque no fue mía nunca sino de la vida solamente:

el mundo está hecho de palabras y de vestidos, ningún ser humano puede ver lo que no tiene nombre ni lo que está desnudo: por eso nos impresionan las rosas… Rosa es palabra, pero tan pequeña que apenas si molesta al silencio, y sus vestidos son tan evidentes que ella sólo es vestidos, es decir, que ella sólo es vacío.

Les mando todas las rosas de mi jardín, y algunos abrazos en el césped, y les hago un pedido: ¿alguno de ustedes podría revelarme quién es “Hathos, la señora de la turquesa?”.

Mora

junio 23, 2011 Posted by | POESÍA | | Deja un comentario

15 de abril 2011: Niño enfermo

Para utilizar enlaces que aparecen entre paréntesis:   Monografias.com

Editorial Monografias.com

por Mora Torres

Niño enfermo
Publicado el 13 de Abril de 2011 por Mora Torres

Las enfermedades de los niños tienen algo tan trágico -hablo de enfermedades menores sin embargo (Enfermedades más comunes en los niños)- y a la vez tanto hechizo (Cuentos Hadas – Magia, Fe y Encanto?), que quien ha sido tocado en su infancia por la visión de algún mal, o ha mirado como ese mal tocaba a su amigo o hermano, lo recuerda por siempre, con una idea de haber aprendido algo (Aprender a vivir – Cuatro actitudes y un camino).

Yo me acuerdo muy bien de un niño enfermo, un niño vecino, de mi infancia. Él ya amaba apasionadamente a la chica más linda del barrio, Indiana, e imaginar sus rizos oscuros lo calmaba instantáneamente, pero por un instante (Chicos, no hagan esto en sus casas).

La cama estaba en el medio de los reflejos de sus sueños afiebrados, lo hamacaba, la cama y los sueños lo hamacaban, aunque él sentía que lo que mecían no era del todo su cuerpo, que quizás era de otro y él no estaba allí sino en las nubes que pasaban por la ventana, o ni siquiera en las nubes, tal vez sólo era aire respirado (Narraciones infantiles: Universo complejo y desafiante).

De pronto volvía a ser él por el dolor; nada más material que el dolor, nada nos hace más terrenos que el dolor físico, y la sed de apagarlo, de calmarlo (Dolor físico y dolor emocional: el holograma de los sentidos).

El dolor de cabeza lo empujaba como un viento fuerte -había manos que le penetraban la cabeza, o ramas que caían de los árboles atravesándola, y llegaban justo a dos lugares cruciales de ella: la inteligencia y la locura (Hacia una enseñanza e investigación inteligente de la inteligencia).

La locura decía: “Acá se coloca la corona del rey”, pero la corona era tan pesada, con sus oros y diamantes, que el dolor acrecía.

Entonces prefería pensar en su corazón. ¿Indiana lo amaría?

Pero su fiebre no tenía una respuesta; sólo el sonido -como rocío, como música- de la oración que rezaban sus padres en la otra habitación, oración que tenía el nombre de la tormenta o de esa brisa que de pronto se desata en la playa cuando uno está desprevenido.

Como creía que se estaba muriendo, cuando lo ganaba la sensatez -o algo de inteligencia, como él pensaba- se preparaba una rutina: sentir el sol como si estuviera allí en su cuarto, y como si él lo fuera; sentir el sabor del agua como si acaso tuviera en estos momentos nociones de sabor o de sed.

Sus hermanas jugaban, no sabía si deliraba que las niñas estaban jugando en su habitación o ellas estaban, pesadas, insolentes, pequeñas como gatitos inoportunos. Lindas pero molestas.

Pero sí, entre las tablas había comida de muñecas, al despertar comprendía que sus hermanas jugaban de verdad, como si el verbo jugar existiera. Hacia el fondo, hacia el barro, esas nenas transportaban collares, tesoros, gemas.

Y su dolor le decía que los collares, los tesoros y las gemas no existen, pero estaban entrando y saliendo tales joyas.

Y cuando las niñas excitadas por el propio movimiento de andar viviendo y jugando alzaban la voz, su propia voz, la de él, gritando, gritaba que su voz no existía, que estaba muerto. La más pequeña, la de cinco años, le preguntó: ¿y dónde está tu cajón?

A él le pareció ver una paloma en la ventana, consideró que era una paloma de paz, ésa que además simboliza la inocencia, la paloma dorada.

No sabía que en realidad no iba a morir en absoluto: eran las fiebres de la pubertad y el fuego de los próximos años los que lo enfermaron; tal vez Indiana lo enfermó con una mirada venenosa.

Tampoco sabía que esta paloma no era precisamente la pura, ruborosa, sino la otra cara de cualquier paloma, la que representa la lascivia, el sexo desatado: la adolescencia, la juventud que lo esperaba con las puertas abiertas de su mansión magnífica.

Escribo esto en homenaje al que fue mi “vecinito”, Daniel Valle, mientras un cuervo golpea con sus dos alas la ventana del estudio donde estoy escribiendo. Pero no le abriré…

Mora

abril 15, 2011 Posted by | NARRATIVA, Uncategorized | , , , | Deja un comentario

Encadenados

Publicado el 7 de Abril de 2010 por Mora Torres

Cuando el cartero entregaba el sobre con estampillas de poco valor (Las clasificaciones de los sellos) ya se presentía algo no muy claro… uno que tiene tanta tendencia a encontrar atmósferas de brujería y de fantasmas (Hechicería e imaginario social).

Lo tenía en la mano unos instantes antes de abrirlo, con negras dudas (Las dudas).

¿Explotaría al rasgar el papel? (La amenaza de bomba, ¿pánico, histeria o algo cotidiano?).

¿Se trataría de una amenaza, un obsesivo con pasiones perversas o una puñalada encubierta? (Armas).

Algo como un perfume ominoso, un borrón gris, demoraban el momento de enterarse de qué se trataba. ¡Tantas posibilidades y, con seguridad, ninguna buena!

Cadenas

Hay muchos tipos de cadenas que encadenan de diferente forma -hasta en el himno de mi país las hay, pero “rotas” (La revolución en la música y la música en la revolución).

Están aparte las cadenas solidarias que funcionan muy bien en situaciones de desastre o epidemias -funcionan mejor, mucho mejor que los gobiernos (El fortalecimiento del valor solidaridad en estudiantes…).

 

Y la cadena perpetua, que merecen los asesinos y otros delincuentes mayores, y hasta me atrevería a decir que se hacen acreedores a ella los “escribidores” de cadenas.

Sé que esto último es una exageración, y sin embargo…

Sin embargo, suelen hacer muchísimo mal las cadenas, volverte el día de soleado en negro, plantarte dudas en el corazón de cualquier certidumbre (”y si la rompo, ¿no me sucederán cosas horribles?”) -aunque sea por un rato.

Fatalidades

Ahora Internet fatalmente -con o sin voluntad de hacerlo- las propicia.

Recibo cientos de cadenas por semana, algunas de apariencia tan inocente que se diría que las dictó un bebé.

Ninguna es inocente. Y si alguien rompe el encantamiento -es decir, no les envía el archivo de marras a cinco, diez, quince o veinte personas de su conocimiento, o no- incontables miserias asolarán su vida, que se prepare.

Esto y una amenaza son bastante similares en intención.

Reyes y reinos desaparecidos

Recibí un mensaje -electrónico (El correo electrónico)- que explica en detalle la caída y la desgracia del zar Nicolás y su familia, en 1917. Parece escrito por Rasputin.

“Los hombres malos”, en este relato, no sólo son los revolucionarios imbuidos de fervor proletario, no sólo es el cuco marxista el que gestó tan inmenso caos, sino el propio, distinguido, elegante Zar de todas las Rusias, quien parecería que, con suprema inconciencia, rompió una cadena que duraba un siglo y ya había ocasionado felicidades y pesares, según se le hiciera o no caso.

¡La suerte que tuvieron Lenin y todos sus camaradas, que coincidieran sus ideales con la negligencia de sus príncipes!

Gracias

Amigos, esta vez me despido sin mis polvillos mágicos. Tengo un poco de prisa y otro poco de brisa; hay viento en Santa Fe, y ya llega el camión para llevarse los últimos muebles de la mudanza adonde vivo, en Buenos Aires. Pero reitero con la sencilla palabrita “gracias” -por otra parte tan llena de gracia- aquello que les debo, que es tanto…

abril 8, 2010 Posted by | LITERATURA | , | Deja un comentario

OLA DE CALOR

Ola de calor

 3 de Febrero de 2010 por Mora Torres.Monografías.com

Me despertó un viento ardiente desde el cielo, sobre la cara (Grandes circuitos que distribuyen calor); un soplo del infierno, el aliento de Vulcano.

No era Vulcano, ni ninguno de los dioses del fuego (Mitología griega)  pero ellos estaban casi presentes en mi macondiana habitación (Cien años de soledad): días y noches y semanas había funcionado el ventilador de techo que cuelga sobre mi cama; al fin se mimetizó con el calor, ya no era un instrumento refrescante, era el sol que colgaba del techo de mi cuarto (Cambio climático, problema de salud global).

Sentí en todo mi cuerpo convertido en brasa un aviso de catástrofe, y con mi mano de fuego prendí el televisor; el control remoto hervía y obtuve una quemadura en forma de rosa roja, una llaga preciosa que de haber estado en el dedo anular hubiera significado mi casamiento con el desaforado estío (Conexiones cíclicas de la naturaleza).

Noticias

Como he exagerado en todo lo que conté hasta ahora, me sorprendió ver en el noticiero (Noticieros argentinos, ¿por qué sólo malas noticias?) -sin ningún pudor ni alta conciencia de exageración como la mía- que la primera plana de las informaciones estuviera usurpada por una sola palabra, con diferentes predicados: Calor: Buenos Aires se consume…

Haití queda tan lejos (Demasiada gente, demasiada pobreza…), y Bolivia y la tragedia en Machu Picchu, ¡quedan tan lejos de Buenos Aires!

Los habitantes de Buenos Aires, los que estamos aquí y no tan lejos como en Haití, sufrimos calor, y algunos, como yo, ¡hasta sin aire acondicionado!

Me maravilló el carisma periodístico: hacía una semana que tenía hechizada a la población con problemas meteorológicos (Satélites artificiales). Todas las demás noticias habían dejado de tener interés; los gusanos hirvientes flotábamos en el caldo tratando de alcanzar una radio, un diario, un televisor, para saber si haría más calor, o menos.

Cuando una ráfaga de frescura se colaba en los pronósticos, todo el mundo parecía triste; era evidente que sin catástrofe personal no se podía vivir, o al menos gran parte de las víctimas no podía (Ética del límite y condición humana…).

Una ola nos unía a todos, nos hacía “más” iguales; los cartoneros que revisaban la basura en busca de tesoros echados al descuido tenían el mismo calor que el doctor cuando bajaba de su automóvil, entraba en su consultorio y descubría que se había descompuesto el aire, de tanto uso; o que no había electricidad por exceso de usuarios -hasta mi pobrecito ventilador contribuía a la debacle.

Aunque a pesar de tanta indigencia del clima, a las tres de la tarde, con 40 grados centígrados, en la esquina de mi casa, los piqueteros se trenzaron en lucha con los antipiqueteros o, en realidad, los piqueteros identificados con una letra determinada se trenzaron en lucha con los piqueteros no identificados con esa letra determinada (para los que ignoran que, entre otras saludables características, Buenos Aires es la capital mundial del piquete, mis disculpas).

¡Oh, Dios, qué abecedario!

Considero diversos lugares de estadía

Pensar en el abecedario me llevó a pensar en los libros, en especial en las novelas que había leído durante toda la vida.

Y me pareció que eran casas adonde yo podría entrar cuando quisiera, adonde podría vivir por un tiempo, al menos hasta que pasara el calor.

Les cuento algunos lugares que se me ocurrieron y finalmente deseché:

Proust: me gusta Proust, y hasta me gustaría vivir en su habitación forrada de caucho para que los ruidos no penetren, pero no tengo el tipo de marquesa necesario para entrar en aquellos salones donde Marcel hace descubrimientos psicológicos y poéticos despampanantes. No.

Ciencia ficcion: se me hace que la ciencia ficción es más fría, está llena de nuevos metales refrigerantes e instantáneos, pero no me animo. ¿Sabré cuál botón debo apretar? No lo creo, no.

Thomas Mann: ¿y si me fuera a Thomas Mann, a su Montaña mágica?

Sé que la gente de ese sitio padece una romántica, congelada enfermedad: la tuberculosis. El lugar es majestuoso, en una montaña suiza, vistas de nieve celestiales y, en el comedor finisecular se comen delicias que ya no vienen… Aparte, me acuerdo de una historia de amor sutil y encantadora entre dos comensales, allí. Pero no sé si remontarme…

Envío

Estoy intentando leer algunos libros de ciencias naturales, como la vida de las ballenas, de los delfines, de los pingüinos. Ustedes, mis lectores, ¿podrían sugerirme un texto en donde yo pudiera entrar y quedarme a pasar el verano? Ya sabré cómo hacerlo; no digo que Dios me haya dado gran parte de su bolsa de trucos, pero sí un poco de imaginación.

Los quiero mucho, y querré todavía más al que me mande al lugar perfecto…

febrero 4, 2010 Posted by | NARRATIVA | , , | Deja un comentario

Pocas palabras para la muerte y la poesía.

5135dc25b58c0b74030bbb089984e096Mora TorresPublicado el 11 de Noviembre de 2009 por Mora Torres

La santidad del poeta, que existe en realidad, le viene por estar distraído del mundo (El lugar de las devociones). Uno cuando come no es poeta, uno cuando fuma no es poeta, y no porque esas tareas sean convencionalmente “prosaicas”. El poeta hace viajes fuera del mundo y percibe (Los Mecanismos Físicos y Metafísicos de la Existencia Relativa); el poeta es ocasional, viajeramente poeta. Cuanto más permanece en su condición, más adquiere esa pureza, esa incontaminación, que hace al santo. No es difícil verlo. Pero más allá, estoy empezando a Ver (Hacia la Construcción de una Logoterapia Organizacional) VEO: me pregunté esta tarde por el deseo de lo Más y lo Mejor. Ser el más inteligente, bueno, y bello. Ser el Mejor poeta. El trabajo es silencio, es Menos (Significado y motivación del trabajo). El trabajo del poeta es silencio (Hacia una pedagogía del silencio). Volver milagro las palabras (Vírgenes negras), hacerlas sonar, se hace en pleno silencio. Por eso escribí un verso que cuenta telarañas. Que ninguna vibración invada el trabajo del poeta para que no se rompan esas telas que se rompen con suspiros apenas; telas de telaraña que son los signos que el poeta descifra y traduce. Quiero: trabajar en silencio, en modestia, casi en misticismo, digamos en ascesis, la poesía de mi alma que es como la poesía de todas las almas (Carta a los adolescentes infames). Lo que me diferencia es, en los que no son poetas -o no trabajan la poesía- que ellos no lo saben o, acaso, no lo desean. Pero el que Ve del todo lo desea. Quiero quedarme quieta, silenciosa, sin guerras interiores; dar mi poema. “He tenido mi visión”, dice la pintora de Al faro, de Virginia Woolf (Literaturas) Cada poeta que se sabe así, debe dar un fragmento, buscarlo hasta tallarlo, conseguirlo, revolver cielo y tierra hasta eso, su fragmento. No abatirse por lo innumerable, por lo genial, que ya está dado. Ninguna biblioteca está completa hasta que no contenga ese fragmento (El sentido de Babel). Trabajo velado, silencioso, de mendigo, sin fastos, sin fiesta, sin dinero (El Dinero). El más lujoso del hombre, sin embargo (Las siete maravillas del mundo). ¿Y por qué el Más? ¿Por qué el Mejor? ¿Por qué el Más? ¿No era que debían eliminarse el Más, el Mejor? Sí lujoso, no el Más. Quise contrastar, perdón. Sin más, en vías del menos en realidad. Existe lo menor. Lo que no existe es lo mayor. Es precioso. No es lo más precioso. No es lo menos precioso. Conseguir un poema, una vida, un soplo. Un instante de paz. Un poco de belleza, éxtasis, perfumes. Transmutar lo horrible en palabras que no sean horribles y formando lo hermoso digan lo horrible, tarea de poetas. Pero no la única tarea del hombre. Tarea mía y de otros, no de todos. Hay otras. Ninguna Más ni Menos importante. Hay otras caras que han sido bellas. Unas fueron particular, individual o deformadamente bellas. Otras tuvieron la belleza que todos ven. Ninguna fue la más bella. Y la inteligencia… Oh, Dios, dame inteligencia para pensar sobre la inteligencia. Creo con sinceridad y quizá con locura que el hombre está equivocado. Belleza, bondad, inteligencia, talento: mundo suave. La santidad y la poesía se hacen con materia distinta: Atravesar el papel hasta lo desconocido, con música de solas palabras, poner los dedos en la luna con la mirada, irse hacia dentro del espejo más. Atravesar el papel y por ese agujero llegar al conocimiento íntimo de lo extraño, esto quiero fijar en un poema que tenga lo menos posible de palabras, incendiar las páginas como hojas resecas que se queman para ordenar el paisaje, incendiar y agujerear el papel hasta lo inconcebible que será concebido en ese lugar de llegar en el preciso momento de llegar cuando caigan los velos. Perdón, voy a hablar de la muerte Debo escribir lo que es la muerte para mí, pero con sinceridad, sin subterfugios: un horror sagrado del mármol y el olor descompuesto de las flores y de la ceremonia y el cajón. En el fondo, y no quisiera hacer una acotación excesivamente cruel o cínica, para curarme del espanto de la muerte bastaría con que los muertos desaparecieran, fueran ocultados al morir. Uno se entera de que alguien murió y puede llorar sin pompa su ausencia; nada ve de la carne de los muertos. ¿Por qué ocuparse los vivos de la carne muerta? ¿Qué ansiamos proteger, qué guardar? La muerte debería ser una desintegración en humo, y aun este humo, invisible. ¿Y si los científicos encontraran el modo? Dirían: qué infame el progreso, cómo deshumaniza a la muerte. Pero la muerte es inhumana, y en realidad nada mejor que su deshumanización. ¿Qué son los muertos ahora? O sólo polvo o algo más que humanos. Y como nunca sabremos desde acá…

noviembre 12, 2009 Posted by | LITERATURA, NARRATIVA, POESÍA, Uncategorized | , , , , | Deja un comentario

Las palabras obscenas entre las azucenas

Editorial Monografias.com 

Publicado el 4 de Noviembre de 2009 por Mora Torres5135dc25b58c0b74030bbb089984e096Mora Torres

Me digo -con humor (Sentido de humor y perfeccionismo)- que últimamente estoy tocando temas algo desenfrenados, y siempre referidos a lo sexual (Crítica a la moral sexual autoritaria).

Yo, tan seriecita desde joven (Identidad juvenil), ¿seré confundida con una pornógrafa?

Mis entradas, ¿serán buscadas con frenesí en Internet, como se buscan las “malolientes” páginas de pornografía? (Consideraciones de carácter ético y moral en el desarrollo de Internet)

Bueno, no me contesten, ya sé que no. Era sólo una broma (Más allá y más acá del Feminismo) para celebrar la erotización de mis últimos escritos (La transmutación de la escritura).

¿Y por qué no agasajar a Eros, a Eros que está vivo todavía, y no al doliente Tánatos? (La muerte en la historia)

El cuento (El cuento y sus características) que transcribo para ustedes es inédito pero fue escrito ya hace unos años. Pretende ser el extracto del diario de una mujercita muy libre y singular, castigada por estas dos hermosas virtudes al punto de ser internada en un colegio de monjas.

En mis tiempos -y en la Argentina- se llamaban “pupilas” las niñas que vivían en colegios privados lejos de su familia, y hasta a veces muy lejos, en otros países.

Niñas ricas de tintes melancólicos, blancos en Suiza, por ejemplo (Suiza).

Gracias a Dios, fui de escasas posesiones durante toda mi vida.

Las palabras obscenas entre las azucenas

(del diario de una adolescente de hace 40 años)

1970

Sé que soy un prodigio. Yo pronuncio terribles blasfemias o las peores malas palabras y tienen un valor. Yo digo la palabra azucena y tiene otro. Si mezclo las palabras tienen otro valor, ninguna es despreciable.

Yo puedo ir más allá. Sé que soy un prodigio, dije, y no dije de qué: de obscenidad. Nadie sabe que en su oscuro cuartito se ocultan los tesoros, las joyas, los rubíes, las perlas.

Un rubí era cuando yo me tocaba, sola en mi cuarto. Si no estaba sola era mucho mejor, era un diamante. Un muchacho me hundía, me atravesaba con su miembro. Y digo miembro pero conozco todas las palabras obscenas en todos los idiomas obscenos, y es por eso, ¿por eso?, que yo estoy encerrada.

Estoy pupila, pero más que pupila. Estricta vigilancia.

Una monja pasa y me mira mientras voy escribiendo.

Me vigila.

Sabe a qué puedo llegar -yo no lo sé muy bien.

La monja tiene miedo de que yo sea demasiado inteligente, me mira como si fuera una estrella negra, en realidad me admira. No me puede dejar de mirar.

Esto va más allá de “estricta vigilancia”.

Siente curiosidad, quiere mirarme el alma, y mi alma es preciosa.

Es redonda y preciosa, perfecta como un círculo, aunque junte tinieblas, como el ombligo junta mugre. “Juntatinieblas”, ese nombre le puse.

¿De un ramo de flores blancas no caen abismos?, abismos que me gustan, siempre que leo un libro y dice abismos yo dejo el libro y me pongo a pensar en los abismos. Busqué en el diccionario -ya sabía el significado, pero quería la definición exacta- y decía profundidad muy grande, infierno, cosa inmensa, incomprensible.

Esas profundidas, esas cosas inmensas, lo incomprensible, esos infiernos, tienen otros vocablos en los lenguajes obscenos, pero abismo en sí podría ser obsceno, una palabra obscena.

Yo podría ir reemplazando mis palabras por palabras así, para escribir en clave, digamos: un nardo o un clavel en el abismo, y ya sabría de qué se trata. O utilizando la palabra hiena, que también tiene fuerza destructiva, lujuria. Porque este cuaderno corre un peligro extremo.

Recién la monja se paró atrás de mí. ¿Está leyendo lo que escribo?

Me miró con una sonrisa tan dulce que parecía la sonrisa de una mujer hermosa:

-No pienses que estoy leyendo lo que escribes, es tuyo. No lo puedo leer sin tu permiso -dijo.

Yo no le pregunté por qué se había parado detrás de mí entonces, porque me había gustado su sonrisa y lo que dijo: “Es tuyo, no lo puedo leer”; pero sé que algo debe haber leído.

Tuve de pronto el impulso de entregarle el cuaderno y decirle que le daba permiso, que leyera, pero me contuve. Y en realidad no fue por mí, fue por ella que me contuve.

Escribí antes que este cuaderno corre extremo peligro, pero lo escribí por ampulosidad -yo quiero dominar además el idioma corriente, y ampulosidad es un hermoso sustantivo-, ya que… ¿qué peligro podríamos correr este cuaderno y yo si más allá de este colegio de monjas en donde estoy pupila no hay nada, no hay otro lugar? -otro lugar que tenga algún sentido.

Aquí me pasaría el resto de la vida escribiendo encerrada en la sala de estudio, adonde las otras chicas no vienen casi nunca, estamos eternamente solas la hermana Inés y yo.

Haría un análisis de mis palabras y de las palabras de los otros y fundaría la obscenidad, quizá en otro cuartito.

Acá no hay chicos varones, es lo malo.

Y las chicas parece que me escapan.

Ellas se pintan, pasan horas probándose ropas y maquillaje que les mandan los padres. Se miran en el espejo, no se gustan y borran, hacen otra pintura. O se gustan y se miran doblemente en el espejo, una hora seguida, haciendo muecas, tirándose besitos, guiñándose un ojo o pestañeando con las pestañas erizadas, con pedacitos de algo negro flotando entre los ojos. Pero yo no me maquillo, ni me pruebo la ropa que me mandan.

Quisiera estar desnuda, desnuda de cosméticos y ropa y hasta pelada, para sentir, para pensar, para aprender todos los idiomas, obscenos o no, y poder decirlo todo de una vez por todas, y siento que lo que más tengo es sentir.

Sentir en la piel y adentro y más adentro -ya dije de mi alma que es como que la toco- y poder a ese sentir decirlo con palabras, cualquier palabra vale: caca, o lila, o celeste, o acabar. Sí, acabar, que es tener un orgasmo, pero más suave.

Escribo todo seguido, pero hay un ayer y hasta hay un hoy y un mañana y un pasado mañana, y meses y años, y seguiré escribiendo cada día.

Porque no hay tiempo, no existe para mí.

Lo que existe acá que hace de tiempo es como un largo corredor, no es para mí.

Anoche salté en la cama. Me quería probar. Mi sentir. Mi piel, mis pelitos nacientes, como pelusitas, recién lo descubrí. Me acaricié Allí, y percibí que mientras lo hacía mi Allí, la sublime palabra más obscena que no debe nombrarse a partir de ahora, se ponía duro y yo me iba en el aire, por los aires y por los polvos de los polvos.

El polvo y los gusanos. Tan cerca de la muerte estoy al acabar que siento que caminan gusanos por allí, esos suaves gusanos del final, y es terrible, la suavidad y lo terrible juntos me dan miedo. Y me da tanto miedo después que no sé, me tapo la cara con las manos y me pregunto si es esto, justamente esto -el encuentro de la suavidad y lo terrible- lo que llaman pecado, o lo que verdaderamente así se llama. Pero cuando me tapo la cara con las manos siento el olor, siento en los dedos el olor -muerte o sexo- y me quedo dormida tan tranquila porque es como una cuna el olor. Y estar toda mojada pero tibia.

Volvió a pasar la monja y volvió a pararse atrás de mí.

Yo di vuelta la hoja y ella no dijo nada, pero me pareció que había leído las últimas palabras porque sus fosas nasales se abrían y cerraban. Me estaba oliendo, la hermana Inés me estaba oliendo, y yo intenté explicarle de repente que había leído en un libro que el olor del pescado recién pescado era muy fuerte, muy sensual, aunque estuviera muerto o se estuviera muriendo. Que era un olor magnífico que hablaba de la vida y el sexo, de mi sexo, y el sexo es importante pero de él no se puede hablar, es lo más importante y por eso de él no se puede hablar.

-¿Por qué? -me preguntó ella -y yo creía que ella tampoco podría hablar jamás.

-Porque no hay un lenguaje -le expliqué-, y le dije:

-Si yo apenas puedo entender algunas cosas cuando reúno palabras de todos los lenguajes.

-¿De cuáles? -me preguntó la hermana Inés, y era tan dulce como si con una caricia me hiciera cosquillas cerca del ombligo.

-De todos, de los comunes, de los obscenos, de los otros -pero yo sentía que no podía soportar más la cosquilla, la risa. Era nacer y desmayarse, porque ella me escuchaba, me quería.

Anoche, cuando estaba en la cama, a punto de llegar a los gusanos, oí que alguien me llamaba: era la hermana Inés.

Pero no me llamaba, era como un soñar, y acabé despacito, creyendo que su hábito me perfumaba, me envolvía. Me protegía del pecado.

Hoy recordé el pecado mucho tiempo, me había olvidado el terror que tenía cuando era chica, cuando hacía maldades. Pero fue el terror el que me entregó -quiero decir que me entregó a la maldad- para olvidarme del pecado. Seguí haciendo maldades cada vez más, y recordando la maldad, y olvidando el pecado.

Pero ayer lo escribí, lo recordé.

¿Me habrá traído la hermana Inés una nostalgia?

Me gustan las historias de mujeres perversas.

Leí una de una mujer y de una hiena que se hacían amigas en un zoológico de Francia. La mujer le enseñaba francés, y la hiena le enseñaba su idioma.

Pero la madre de la jovencita -porque esta mujer era como yo, muy joven- iba a dar una fiesta en su honor, y ella no quería ir. Le propuso a la hiena que fuera en su lugar.

La hiena se preparó desde temprano. Fue a la casa de la joven perversa y se comió a la criada, con cuidado de comer bordeándole la cara, para que le quedara la máscara de ella. Cuando la hiena estuvo enteramente vestida con los vestidos de Leonora, bajó a la fiesta pensando en que tendría mucho éxito y que nadie la iba a desconocer en la penumbra.

Leonora le había dicho a la hiena: “Recuerde que no debe ponerse junto a mi madre: seguro que ella sabría que no soy yo. Y buena suerte”.

Leonora se encerró en su cuarto y se puso a leer Gulliver. Una hora después entró su madre “pálida de rabia”:

“Terminábamos de sentarnos a la mesa -dijo- cuando la cosa que estaba en tu lugar se levanta y grita: ‘Huelo un poco mal, ¿no?, bueno, yo no como precisamente pasteles’. Y a continuación se arrancó la cara y se la comió”.

-Es de Leonora Carrington -dijo detrás de mí la hermana Inés-. ¿Vas a ser escritora?

-¿Cómo -le pregunté-, está leyendo mi cuaderno?

La hermana Inés se puso colorada.

-Sólo quería conocerte -dijo con su sonrisa de mujer.

Yo me sentí muy fuerte, muy feliz. Había tocado fondo, estaba ya en el preciado fondo, y no tenía miedo. Me envanecí:

-¿Y leyó todas las palabras?

-Leí todo el cuaderno, sí, poquito a poco. Dios sabe que mi peor defecto es la curiosidad, y como veía que escribías tanto, y que eras tan seria, tan distinta…

-¿Y qué le pareció? -le pregunté ejercitando mi vanidad de presidiaria-. Las palabras malditas, digo, ¿qué le parecieron?

-Me pareces encantadoramente ingenua -dijo-. Y mucho más ingenua que cualquiera, que las chicas, que las monjas, que yo. Es verdad que tu alma es muy hermosa -suspiró.

Yo entonces recordé el acto irremediable que quería cometer desde hacía tiempo: me paré y la besé en la boca.

Ella dijo:

-Qué linda, pero qué linda eres, Lila -sin ninguna palabra, con los ojos.

Envío: A cambio de completar la novela que les anticipé, y con el agradecimiento por haberme estimulado tanto, les mando este “pecaminoso” cuento adolescente. Tengan piedad de él; la protagonista es verdaderamente inocente de haberlo escrito…

noviembre 5, 2009 Posted by | LITERATURA, NARRATIVA | , , , , , , | Deja un comentario

Mujeres condenadas

“Mujeres condenadas”.Autora: Mora Torres Publicado:Octubre 28 ,2009. Extraido de: Monografías.com

Entre mis viejos escritos (Fighting for the Freedom) encontré una novela que no recordaba mucho (La novela). Se llama “Mujeres condenadas” (Mujeres asesinas: ¿criminales o heroínas?), título que cambiaría por otro menos monumental, pero respecto a éste hay varias observaciones dentro del manuscrito: “Citar a Baudelaire”, por ejemplo (Bien vale un verso). Otra reflexión que encuentro: “Es probable que el libro se llame Mujeres condenadas ¡en latín!. En cálculos, se supone que mi abuela nació en 1890 (Fotografía post mortem en el Perú siglo XIX); que la parió a mi madre en 1930 (Totalitarismo 1930 y totalitarismo siglo XXI), y que yo vine al mundo en 1970. Ahora tendría 25 años y estaría en la cárcel desde hace cinco por un crimen que cometí a los 20 (La asesina ilustrada; el libro de la muerte). Aunque todo esto es, quizá, demasiado redondo”. Transcribiré algunos capítulos salteados y reducidos, porque me parece que a mis amigos y colaboradores puede llegar a interesarles (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad). Capítulo I Si maldita, que me maldigan las cosas más sólidas. Que me maldigan no los pequeños momentos en que al mirar la estrella (que yo llamo Clara) apresé el inmóvil perfil de la belleza muerta, sino las muchas horas en que se desprende de mí una esencia mortal. Que mis ojos sean capaces de cubrir la reliquia de un hombre que se pudre y de observar la fosa abierta de su corazón, y la aberración de ser todos los hombres sea yo misma, llamándome Hitler y Teresa y Calígula y Agustín y Francisco, y ésos que no fueron ni esto ni lo otro, apenas los peluqueros, los diáconos y los sirvientes de ellos; apenas los que viven a ciegas porque nacidos como ciertos roedores en un lugar estrecho y oscuro, no necesitan de la vista para encontrar alimentos y perdurar su tiempo de sepulcros. Estoy presa, y me parece que he nombrado mi vida al hablar de esos ciertos roedores. La condena que me impusieron es semejante, mirada panoránicamente, a mis días anteriores a ella. Si no recuerdo mi nacimiento, sí en cambio mi infancia fue como ese tubo negro que se sospecha que observamos al nacer; el patio gris y las paredes leprosas que me albergaron eran el envejecido útero de mi madre; también el de mi abuela, que parió a mi madre a los cuarenta años inaugurando una tradición de progenitoras añosas en la familia, cuando a su vez sus antepasados ya habían legado a la ciudad varias generaciones de bellas prostitutas. La más bella de todas fue mi abuela, Corina, y por eso fue menos prostituta que dama de compañía de varones de altísimo rango, que hembra amancebada de un político de renombre, que enjoyada muñeca de palcos de ópera alquilados. El dinero que su hermosura consiguió se lo comieron estos vicios inocentes que le dejaron los mismos que la sacaron del horror. Vestidos caros y perfumes, carruajes ricos, espectáculos y viajes por el mundo -después, cuando yo era adolescente y ella una anciana legendaria, como en un golpe de dados, el dinero volvió. (…) Puedo decir que mi abuela me dio también un sentido de la vida; un modo sutil de mirarla como a un reloj de arena cuya arena se acaba en poco rato, que es delicioso ver caer con blandura, deformando el montón de horas que fueron. Mi madre, Iris, fue entre mi abuela y yo un puente devastado por el que crucé para alcanzar a Corina. La primera vez que descubrí a mi madre ella estaba sentada en un sillón, un poco a oscuras, tejiendo con la luz que entraba escasamente por ser casi de noche. La cara parecía roja, el pelo era gris, las manos, las de una viejecita de cuento; la ropa, igual, como la de una viejecita protagonista de un cuento de pobres; pero estaba calzada con un par de zapatos de salir, y daban una impresión grotesca esos tacos aguja, relustrados, en el conjunto de miseria. Yo sabía sin entender del todo que estas incongruencias correspondían a una eterna contienda con mi abuela, que Iris alternaba su resignado estar con fragmentos de lucha. Le pregunté por los zapatos y ella dejó la masa de tejido rosado y corrió al dormitorio; se encerró a llorar. La curiosidad por esta pequeña historia me persiguió durante largo tiempo. La actitud de mi madre me hizo pensar en algo más que en una simple competencia con Corina, y adjudiqué a ese par de charoles un valor de misterio que tal vez no tenía, pero que curiosamente influyó mucho más tarde en los sucesos que me trajeron hasta aquí. Yo buscaba manchas de sangre en los zapatos; si no, el modo de que me revelara el amante escondido por detrás, o a la persona que refugiáramos en casa, de la que mi madre hubiera tomado el par. Si eran un robo, un asesinato, o memoria de alguien. Salí a jugar al patio. Ya era de noche y yo suponía que una de esas estrellas del cielo me pertenecía; la tenía identificada y la llamaba Clara; Clara tenía una voz dentro de mí. Yo preguntaba y eran otras palabras, no las de una niña, las que respondían en mi interior cuando le preguntaba a Clara; el tono era insidioso, maligno. Me contestaba con ecos de la voz de una antigua amiga de mi abuela que yo no conocí pero cuya historia me contaron. Tan bien descripta por mi abuela Corina, yo identificaba la voz de Anabela, esa amiga suya, sin haberla escuchado jamás, y nacía en mí misma bajo el influjo de mi estrella. Capítulo II Anabela -y esto ocurría en los últimos años del siglo XIX- empezó correteando con Corina por las calles más negras de Buenos Aires. El barrio se llamaba Las Quintas, y había burdeles, claveles en un rectangulito de jardín, patios clandestinos donde comenzaba a insinuarse la locura del tango. La casa donde vivía Anabela era la misma que la de Corina, un prostíbulo en el cual ambas nacieron sencillamente porque tenían un serio destino de nacer, inclusive entre abortos de sietemesinos de las mujeres del lugar y muertes de las mismas provocadas por precariedad y mugre. Aunque Anabela y Corina no se llamaron así desde el principio, ya a los doce años les otorgaron esos nombres los primeros, generalmente decrépitos, amantes. La madre de Anabela murió un día de la segunda infancia de ésta y de mi abuela, y la velaron en la sala de espera del burdel. A Corina le impresionó que, en el ataúd, la muerta pareciera más joven y desamparada que su propia hija; un pajarito congelado, una mujer con destino de pájaro debajo del sombrero de plumas rojas con que habían decidido completar la mortaja, roja también, de su vestido de fiesta. Anabela lloraba desconsoladamente, más que por su madre, por su propia suerte futura. Corina trataba de calmarla con un código de abrazos secretos y de besos que habían inventado las dos, pero sin conseguirlo. Se acercó la Encargada, Madame Beatriz, y acarició el enrulado pelo de Anabela penetrando con las manos en un territorio de sensualidad inexplorada. La revisó de arriba a abajo; pesó sus pechos incipientes, siguió con los dedos la curva del vientre demasiado joven, tanteó los muslos y finalmente dictaminó que podía ocupar el sitio de su madre en la casa; habría comida, alojamiento y algún dinero extra. Anabela no se horrorizó, siguió llorando, aunque decidió al mismo tiempo comenzar su trabajo lo antes posible. A Corina la conmovió la desgracia de su amiga y sintió que no debía dejarla sola; la única solidaridad posible consistía en compartir el oficio. Lo consultó con Madame Beatriz, quien inmediatamente asintió; a ella no necesitaba revisarla, su encanto era visible. Esa misma noche, mientras el velorio seguía entre copitas de licor de naranja y de menta y tazas de café, Anabela y Corina, mi abuela, sufrieron la embestida del primer hombre gordo, viejo y voluptuoso que las tuvo a las dos, una detrás de otra, y las dejó abrazadas entre sí, temblorosas, diciéndose palabras de ternura después de la brutalidad del macho, reconociendo que el amor entre mujeres era tal vez lo único que podía componerles el alma. Aún en sus doce años, la voz de Anabela era grave, madura -como la de Clara, mi estrella de los cielos-, con la suave ronquera de penumbra que las niñas quieren a menudo imitar de algunas mujeres mayores. Esa voz le proponía a Corina, entre las sábanas, delicias que las llevaban lejos de la sala de velatorio improvisada, de la muerte y la vida, de las gotas de sangre que certificaban sus recientes bautismos. Se acariciaron hasta que el dolor por la reciente penetración del viejo cliente dio paso al deseo más inesperado, hasta que finalmente encontraron la forma -la forma eterna- del sexo entre amigas. Corina se asombró de “sentir”, pero Anabela sintió, más que nada, la emoción de tener a una mujer. Ya los papeles habían sido otorgados por el extraño dios a cuyo cargo están las extravagantes ramificaciones del placer. Mi abuela “sentía” todo lo relacionado con éste, en cualquier circunstancia, reservándose sólo una estimación estética del otro o de la otra, que tanto podía consistir en él mismo como en sus modales o en el clima que se creaba entre los dos; prefería, de todos modos, a los hombres, pero jamás le disgustó una bonita muchacha en la cama. Anabela había despertado al amor -a la pasión- en brazos de Corina, y la mujer fue su elección para toda la vida; lo demás sólo fueron cuestiones comerciales. Capítulo III A pesar de su profesión antigua, que le había servido para aprender las artes de la simulación, para encubrir y falsificar situaciones, Corina le dijo siempre la verdad a su nieta, es decir a mí, inclusive desde que yo era muy pequeña. Mi abuela era inteligente y por eso mismo me confería inteligencia, don que sólo pueden otorgar los que lo tienen en grande; los apenas lúcidos califican de estúpida e ignorante a media humanidad, los genios encuentran el reflejo de su propio genio inscripto hasta en su sombra, y son genios todos aquellos que, como mi abuela, han conseguido trascender su propia vida no con la fama o el recuerdo, sino con haber sido únicos en cada instante por delicadeza y originalidad. (…) Capítulo VI El grupo que se reunió en el pobre cementerio, casi un camposanto, era patético pero bizarro, original. Las compañeras de la madre de Anabela habían improvisado un coro de lloronas, pero tomaban cada treinta segundos un recreo que les permitía regocijarse de su propia suerte. La muerte de otro parece dar más chance a los que quedan; las chicas del prostíbulo, secretamente cada una, respiraban la dicha de no haber sido las elegidas para la ocasión, y de un modo oscuro se proponían algún pequeño cambio para mañana. La muerte les recordaba sus pecados, pero ellas tenían todo el futuro para reconstruirse. Los proyectos de Corina y Anabela eran exactamente opuestos; ese día habían entrado en dos planetas asimétricos, pero igualmente peligrosos; y la más eufórica de las dos jóvenes era la que se había quedado huérfana. Anabela gritó junto con las demás cuando echaron la primera palada de tierra sobre el ataúd; Corina no, pero observó con deleite la dramatización de su amiga. En alguna revista de las que navegaban ajadas y sin tapas por la casa había leído que el terciopelo negro no era luto; menos aún, pensó, con lentejuelas cosidas en forma de dragones y serpientes. Pero Anabela estaba espléndida en su papel, y hasta parecía más una viuda muy joven que hubiera asesinado a su marido y actuara de sufriente y desesperada. Pocas veces, pensó Corina, tendría ella la oportunidad de ser tan importante y tan compadecida como Anabela esa mañana. Y desde esa mañana su admiración actuó como el amor, y se propuso enamorarse además, cambiando lo que hubiera que cambiar en Anabela para su propio goce. Parada frente a la fosa abierta, Anabela era alta, magra, un poco impresionante; la cabeza pequeña equilibrada por una enorme masa de cabello enrulado; la cara diminuta, con rastros de vampiro, pero los ojos de seda o raso muy oscuros, grises y negros, extrañísimos. Sus rasgos angulosos no estaban de moda en esa época, aunque podían ser apreciados por alguien como mi abuela, que intuía más allá de patrones pasajeros otra estética de las cosas y de la gente. Si ese delgado cuerpo se encontrara cubierto con telas sencillas pero caras; si esos cabellos fueran domesticados en un peinado alto; si el rostro apenas maquillado; si los gestos estudiados sabiamente, Anabela sería digna de una o muchas pasiones. La de Corina, en primer lugar; la de los hombres también, para mejor florecimiento del negocio que recién, de modo clandestino hasta para la profesión elegida, habían iniciado las dos. (…) Capítulo VII Para el entierro de la madre de Anabela se tomó en préstamo, por orden de la Encargada, Madame Beatriz, casi todo el dinero de la casa; las mujeres fueron poniéndolo en un antiguo sombrero hongo que alguien había olvidado y que a veces servía de complemento de un disfraz. Beatriz era bastante vieja y todo lo elegante que puede ser un mujer en ese entorno y bajo la influencia de los gustos baratos de sus pupilas. Como ella era consciente de este influjo, trataba de ser sobria, y a veces su sobriedad era distinción, y otras falta de afeites y cuidados, al punto de que las empleadas comentaban su rareza atribuyéndole matices lésbicos. Los tenía, pero no estaban en relación con el atuendo. De joven, de alhajada, de preciosa, había elegido la profesión de prostituta porque, como los hombres le producían náuseas, no le comprometían el corazón. Con mentalidad masculina había logrado una pequeña fortuna; las mujeres, para ella, significaban lo que las hembras para el macho: había que sacarles el mejor partido posible, aun cuando esto significara cerrarse a sus amores. La madre de Corina, Bibi -es decir mi bisabuela-, era entre todas las mujeres de la casa su única amiga personal. Le gustaba secretamente, y oficialmente la distinguía porque la consideraba más astuta y más ruin que las demás. La ponía de ejemplo entre las otras chicas; era la requerida por viejos y por jóvenes, trabajaba muy bien, con vocación, ofrecía a precio de oro exquisiteces amatorias que sólo ella había inventado; cuidaba perfectamente su salud, se conservaba juvenil, apenas si después del parto de Corina había ganado dos kilos que le sentaban extraordinariamente. Beatriz le retenía a Bibi un porcentaje menor del que les retenía a las otras; entre las dos habían establecido una especie de sociedad aparte, y eran socias comerciales también en la distribución de morfina en pequeña escala, ya que Bibi era además la preferida de uno de los clientes de la casa, Belisario, un médico nada ortodoxo que en esos tiempos ya curaba con métodos orientales, psicología refinada y morfina todos los malestares de este mundo (…) Capítulo IX La voz de Clara dice que el aire es de presagios después de los entierros, se congela; a cada instante alguien va a decir una cosa y se calla por no decir algo que roce alguna herida; como si el muerto estuviera presente censurando, reclamando su lugar. En general, esto lo siente la gente demasiado sencilla, pero cuando todas llegaron del entierro, en compañía del único hombre que estuvo allí, el doctor Belisario, si bien las chicas participaron del aire congelado, se repartieron en secreto los chismes y las lágrimas; Madame Beatriz y Bibi, mi bisabuela, demostraron su independencia respecto a todo sentimiento y a toda tradición, aun la de la muerte. Se sentaron ante la mesa de la sala recientemente enlutada. Parecía apagarse la decoración fin de siglo con las voces veladas, si bien ya la habían apagado previamente el deterioro de los objetos y la lobreguez del ambiente. Beatriz y el doctor Belisario ocupaban las cabeceras; Bibi estaba sentada al lado de Beatriz; la mano de Corina se enredaba en el pelo de Anabela; comían un banquete fúnebre que estaba delicioso. El doctor Belisario comenzó a decir que dicen que la muerte pero Bibi parecía tener guardado en una caja fuerte un misterio importante y querer descubrirlo en ese momento preciso. Comenzó preguntando por la noche de ayer: “Supe, Beatriz, que les indicaste el camino a Anabela y Corina”, dijo, y siguió: “No por nada las caras de estos angelitos se ven tan marchitas.” Beatriz se acomodó en la silla, mientras ajustaba su chalina y se arreglaba con las manos el rodete buscando las palabras como si éstas estuvieran en algún lugar de su vestido. “Creo que ya están suficientemente buenas y en edad; ya tienen 12 años y aun parecen mayores”, afirmó. Bibi no tomó tiempo para pensar, pero su estrategia fue dirigirse al comensal más prestigioso: “¿Cree, doctor Belisario, que a la edad de las chicas puede abrirse un negocio como éste? ¿No le parece que a Beatriz se le haya ido la mano, o al menos que tenía que consultármelo?” Algunos planes de la novela (apuntes) Escribo desde la cárcel. Cuento lo que ya conté rápidamente: mi madre como puente hacia mi abuela. La vida entera de mi abuela Corina. Detalle: después del entierro de la madre de Anabela, Bibi, madre de Corina, provoca un escándalo en el prostíbulo porque Beatriz, la Encargada, asintió en que Corina se prostituyera la noche del velatorio, junto con Anabela; en realidad es porque ella quiere explotar a Corina sin compartirla. En el escándalo interviene el médico que cura con morfina y técnicas espirituales. La violencia de la pelea entre Beatriz y Bibi termina con ellas dos también en la cama, ya no con la inocencia de Corina y Anabela pero en el mismo sentido, aunque de una manera inmensamente sórdida. En otro momento futuro Corina conoce a alguien muy importante y de ahí en más se lanza al gran y fastuoso mundo. Después de mucho Corina pierde toda la pequeña fortuna que logró, envejece y se deprime por una tiempo, y a los 40 años se encierra a parir a Iris, la madre de la narradora. A Iris hay que elaborarla, pero evidentemente no debe ser tan bonita ni inteligente como su madre; hay que adjudicarle alguna seducción proveniente de sus rasgos tiernos o infantiles, tanto físicos como psicológicos, y menos inteligencia pero sí mayores estudios; ella sí completa el secundario y lee muchísimo, aunque sin ningún sentido crítico. Lega a su hija -digamos a mí, la narradora, la encarcelada- la pasión de la lectura, quien desde la niñez a la juventud primera lee como una rata y escribe, y además es refinada y educada en realidad por su viejísima abuela Corina, a quien ella -yo- termina asesinando por piedad. Como por piedad quiere asesinarla pero es justamente la piedad la que se lo impide, cuando Corina se convierte en un vegetal de unos 100 años la protagonista se da ánimos haciendo una curiosa recapitulación de los motivos que la llevarían a matar a su abuela ya no por piedad sino por odio. Aquí aparece el episodio de los zapatos de Iris y del sufrimiento que supone que Corina causó a Iris. La mata entonces, y una vez en la cárcel observa la vida de roedores de las otras presas y su propia vida anterior de rata. Recuerda el lugar común “rata de biblioteca” y el nacimiento de ratas en un rincón del patio de la infancia, de noche, bajo la estrella Clara; el nacimiento de ratas a las cuales ella, la niña, al principio, identifica con hadas

octubre 29, 2009 Posted by | LITERATURA | , , , | Deja un comentario

Sinfonía de Otoño.

Publicado el 5 de Agosto de 2009 por MORA TORRES, en MONOGRAFÍAS.COM

Es como ir subiendo una montaña y estar bastante cerca de la cima; es como detenerse allí un momento y mirar para abajo aunque dé vértigo (Vértigo, ansiedad y sin sentido).

El paisaje: admirable (Ferreñafe: el bosque de Pomac, Perú).

Además, fastuosamente variado.

Hay selvas tropicales, mares tormentosos, nieve (Las Nubes).

Están las mañanas más hermosas del mundo y los atardeceres melancólicos.

Las noches “pecadoras” y el vino alegre (El vino como elixir sagrado…).

Da vértigo, pero todavía no nos falta el aire, se puede seguir subiendo…

La vejez

Al envejecer vamos devolviendo poco a poco los dones de que se nos hizo acreedores (Las dimensiones bioéticas de la vejez). Ya no está la piel “tirante como ráfaga” ni los ojos iluminan cualquier estancia: hay que frotarlos para que brillen, como a una lámpara, como a la de Aladino (La estrella resplandeciente. Fábula. Siglo XXI).

Algunos otros detalles -de mayor valor que los ojos y que la piel- también desaparecen.

Pero empieza a crecernos un órgano precioso e invisible del cual desconocíamos su existencia.

Primero es un latido, después inunda el corazón.

Los ojos -aunque no brillen- ven más y lo descubren todo, y me recuerdan el versito que repetía mi madre algunas veces, que trataba de un joven y un anciano que habían chocado en la calle: “-Perdonad, es que al pasar no os miré./ -A su edad nada se mira, joven, porque nada importa,/ cuando la vista se acorta/ es cuando se empieza a ver”.

 

Ya no se escucha un ruido de espadas que chocan continuamente como en guerras antiguas, sino suaves vientos que arrastran hojas secas, y cada una es una cara, es un recuerdo, es un espejo.

No es necesario decir sí; no es necesario “parecerse” a alguien parecido a una hermosa mujer o a un hombre fuerte: los competidores han desaparecido, uno puede subir hasta la cumbre y a la vez descansar; uno puede recitar mientras sube -y les aseguro que el recitado no hace perder el aire:

La vejez, tal es el nombre que los otros le dan, también puede ser el tiempo de la dicha… JLB

Don

Quiero hacerles un regalo a todos, pero especialmente a José, Osvaldo y Vancho (Breve estudio acerca de los dones espirituales). A ellos porque comenzaron y continúan gloriosamente escribiendo nuestra novela latinoamericana en la entrada pasada -que quedará como lugar para siempre para quien quiera intervenir, sólo hay que buscar “La tragedia de la página en blanco”.

Regalo unos fragmentos de El bosque de la noche, de Djuna Barnes, fabulosa escritora como ustedes, y que vivió mucho tiempo en México -casi creo que allí murió.

El subtítulo que pongo es el nombre del capítulo de donde extraí algunos párrafos.

Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?

A eso de las tres de la madrugada, Nora llamó a la puertecita vidriera de la vivienda  y preguntó si el doctor estaba en casa (…) En la estrecha cama de hierro, entre sucias y gruesas sábanas de lino, estaba el doctor, con un camisón de franela de mujer. La cabeza del doctor, con sus grandes ojos negros, sus mejillas gris acero, estaba enmarcada en el semicírculo dorado de una peluca con unos tirabuzones que llegaban hasta los hombros, y al quedar comprimidos contra la almohada mostraban su oscuro interior. Tenía los labios muy rojos y las pestañas pintadas. Una idea asaltó a Nora de pronto: “¡Dios mío, los niños saben cosas que no pueden explicar! A ellos les gusta ver a Caperucita Roja y al Lobo en la cama”. (…) Nora, en cuanto pudo reponerse, dijo:

-Doctor, vengo a pedirle que me hable de la noche. (…)

-¿Es que nunca has pensado en la noche? -preguntó el doctor con cierta ironía.

-Sí -dijo Nora sentándose en la única silla-; he pensado en ella. Pero de nada sirve pensar en algo de lo que nada se sabe.

-Nunca has pensado en esa peculiar polaridad de un tiempo y otro tiempo y el sueño?… Te diré cómo se asocian el día y la noche por su disociación. La misma constitución del crepúsculo es una fabulosa reconstrucción del miedo, el miedo con el culo al aire y la cabeza abajo. Cada día está pensado y calculado, pero la noche no está premeditada. La Biblia está a un lado, pero el camisón está al otro. La noche, ¡cuidado con esa puerta oscura!

-Yo pensaba que la gente sencillamente se iba a dormir, o si no, que cada cual seguía siendo el mismo -dijo Nora-. Ahora veo que la noche hace algo con la identidad de las personas, aunque duerman.

(…)

-¿Has pensado en la noche ahora, en otro país, en países extranjeros, en París? Cuando las calles rebosaban de cosas que tú no harías ni por una apuesta, ¿y has pensado en lo que ocurría entonces? ¡Los cuellos de los faisanes y los picos de los patos balanceándose junto a las pantorrillas de los galanes, y sin pavimento en toda la ciudad, millas y millas de arroyo y un hedor que se te agarraba a la nariz a veinte leguas de distancia! ¡Los vendedores voceando el precio del vino, y al alba, los buenos empleados rebosantes de meado y vinagre! Y en las callejuelas los sangradores y una princesa casquivana en camisa de seda, aullando bajo una sanguijuela. Y no digamos lo que ocurría en los palacios de Nymphenburg en los que hasta Viena resonaban los ecos de las visitas nocturnas de antiguos reyes que hacían aguas menores en tazas recubiertas de terciopelos y maderas talladas. No -dijo mirándola fijamente-, ya veo que no lo has pensado, y deberías, porque hace mucho tiempo que la noche existe. (…)

 

Envío

He brindado con todos ustedes, por la vida, el lunes, al cumplir mis primeros sesenta añitos…

octubre 14, 2009 Posted by | LITERATURA | , , , , , , | Deja un comentario