Taimaboffil's Blog

A la mujer, jóvenes y niñ@s, con pretendida óptica revolucionaria.

18 de diciembre : Nace José Rafael Pocaterra en Valencia.Venezuela

 El 18 de diciembre de 1889 nace en Valencia José Rafael Pocaterra, uno de los más grandes cuentistas venezolanos.

No sólo se destacó como escritor, sino que también incursionó en la política, en la diplomacia, en el periodismo y la educación.

Hizo fuerte oposición a la dictadura de Juan Vicente Gómez, actitud valiente que lo llevó a prisión desde 1919 hasta 1922; se exilió en Canadá, donde fue profesor de literatura en la Universidad de Montreal. Tras la muerte de Gómez, se incorporó a la política, ocupando importantes cargos gubernamentales.

Fue Presidente de la Cámara de diputados y del Senado, Ministro de Trabajo y de Comunicaciones y Gobernador del Estado Carabobo. Como escritor, introdujo el realismo social en la novelística venezolana. Fue autor de novelas como: La casa de los Abila, Tierra del sol amada y Memorias de un venezolano de la decadencia.

vía ENcontrARTE – Efemérides – 18 de diciembre : Nace José Rafael Pocaterra.

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diciembre 18, 2010 Posted by | BIOGRAFÍA, HISTORIA, LITERATURA | , , , , , , , | 1 comentario

…con olor a cacao fino.

 Con caraqueño frio mañanero, escuchando zaperoco de guacharacas y leyendo el boletín del PSUV, disfruté el sabor del papelón de una suave y redondita catalina (paledonia o cuca) mojada en dulce cafecito negro claro con una pizca de chocolate, pensé lo agradable que, como recuerdo, sería para toda nuestra infancia actual y venidera recibir chocolates “El Cimarrón” en navidad, entre juguetes…por supuesto. Lo digo, pues mientras saboreaba hace días, también de mañana, en El Valle (Caracas) un chocolate de otra marca (aun resulta incipiente la producción y distribución de “El Cimarrón”, cosa pasajera), sonreí y me vino el recuerdo de aquel día cuando mi padre me contó que todo bote salvavidas debía contener chocolates…para la Vida, y no tuve más dulce remedio que compartirlo con un pequeño de unos 4 años, con su esquiva mirada afectuosa mientras saboreaba. Llegará el día cuando todos(as) pidamos”un Cimarrón”, por chocolate, como la Zulianidad exige su “Panorama” para pedir un periódico.

vía Aló 366 con olor a cacao fino | PSUV.

noviembre 2, 2010 Posted by | NARRATIVA | , , , , , | Deja un comentario

Pocas palabras para la muerte y la poesía.

5135dc25b58c0b74030bbb089984e096Mora TorresPublicado el 11 de Noviembre de 2009 por Mora Torres

La santidad del poeta, que existe en realidad, le viene por estar distraído del mundo (El lugar de las devociones). Uno cuando come no es poeta, uno cuando fuma no es poeta, y no porque esas tareas sean convencionalmente “prosaicas”. El poeta hace viajes fuera del mundo y percibe (Los Mecanismos Físicos y Metafísicos de la Existencia Relativa); el poeta es ocasional, viajeramente poeta. Cuanto más permanece en su condición, más adquiere esa pureza, esa incontaminación, que hace al santo. No es difícil verlo. Pero más allá, estoy empezando a Ver (Hacia la Construcción de una Logoterapia Organizacional) VEO: me pregunté esta tarde por el deseo de lo Más y lo Mejor. Ser el más inteligente, bueno, y bello. Ser el Mejor poeta. El trabajo es silencio, es Menos (Significado y motivación del trabajo). El trabajo del poeta es silencio (Hacia una pedagogía del silencio). Volver milagro las palabras (Vírgenes negras), hacerlas sonar, se hace en pleno silencio. Por eso escribí un verso que cuenta telarañas. Que ninguna vibración invada el trabajo del poeta para que no se rompan esas telas que se rompen con suspiros apenas; telas de telaraña que son los signos que el poeta descifra y traduce. Quiero: trabajar en silencio, en modestia, casi en misticismo, digamos en ascesis, la poesía de mi alma que es como la poesía de todas las almas (Carta a los adolescentes infames). Lo que me diferencia es, en los que no son poetas -o no trabajan la poesía- que ellos no lo saben o, acaso, no lo desean. Pero el que Ve del todo lo desea. Quiero quedarme quieta, silenciosa, sin guerras interiores; dar mi poema. “He tenido mi visión”, dice la pintora de Al faro, de Virginia Woolf (Literaturas) Cada poeta que se sabe así, debe dar un fragmento, buscarlo hasta tallarlo, conseguirlo, revolver cielo y tierra hasta eso, su fragmento. No abatirse por lo innumerable, por lo genial, que ya está dado. Ninguna biblioteca está completa hasta que no contenga ese fragmento (El sentido de Babel). Trabajo velado, silencioso, de mendigo, sin fastos, sin fiesta, sin dinero (El Dinero). El más lujoso del hombre, sin embargo (Las siete maravillas del mundo). ¿Y por qué el Más? ¿Por qué el Mejor? ¿Por qué el Más? ¿No era que debían eliminarse el Más, el Mejor? Sí lujoso, no el Más. Quise contrastar, perdón. Sin más, en vías del menos en realidad. Existe lo menor. Lo que no existe es lo mayor. Es precioso. No es lo más precioso. No es lo menos precioso. Conseguir un poema, una vida, un soplo. Un instante de paz. Un poco de belleza, éxtasis, perfumes. Transmutar lo horrible en palabras que no sean horribles y formando lo hermoso digan lo horrible, tarea de poetas. Pero no la única tarea del hombre. Tarea mía y de otros, no de todos. Hay otras. Ninguna Más ni Menos importante. Hay otras caras que han sido bellas. Unas fueron particular, individual o deformadamente bellas. Otras tuvieron la belleza que todos ven. Ninguna fue la más bella. Y la inteligencia… Oh, Dios, dame inteligencia para pensar sobre la inteligencia. Creo con sinceridad y quizá con locura que el hombre está equivocado. Belleza, bondad, inteligencia, talento: mundo suave. La santidad y la poesía se hacen con materia distinta: Atravesar el papel hasta lo desconocido, con música de solas palabras, poner los dedos en la luna con la mirada, irse hacia dentro del espejo más. Atravesar el papel y por ese agujero llegar al conocimiento íntimo de lo extraño, esto quiero fijar en un poema que tenga lo menos posible de palabras, incendiar las páginas como hojas resecas que se queman para ordenar el paisaje, incendiar y agujerear el papel hasta lo inconcebible que será concebido en ese lugar de llegar en el preciso momento de llegar cuando caigan los velos. Perdón, voy a hablar de la muerte Debo escribir lo que es la muerte para mí, pero con sinceridad, sin subterfugios: un horror sagrado del mármol y el olor descompuesto de las flores y de la ceremonia y el cajón. En el fondo, y no quisiera hacer una acotación excesivamente cruel o cínica, para curarme del espanto de la muerte bastaría con que los muertos desaparecieran, fueran ocultados al morir. Uno se entera de que alguien murió y puede llorar sin pompa su ausencia; nada ve de la carne de los muertos. ¿Por qué ocuparse los vivos de la carne muerta? ¿Qué ansiamos proteger, qué guardar? La muerte debería ser una desintegración en humo, y aun este humo, invisible. ¿Y si los científicos encontraran el modo? Dirían: qué infame el progreso, cómo deshumaniza a la muerte. Pero la muerte es inhumana, y en realidad nada mejor que su deshumanización. ¿Qué son los muertos ahora? O sólo polvo o algo más que humanos. Y como nunca sabremos desde acá…

noviembre 12, 2009 Posted by | LITERATURA, NARRATIVA, POESÍA, Uncategorized | , , , , | Deja un comentario

Las palabras obscenas entre las azucenas

Editorial Monografias.com 

Publicado el 4 de Noviembre de 2009 por Mora Torres5135dc25b58c0b74030bbb089984e096Mora Torres

Me digo -con humor (Sentido de humor y perfeccionismo)- que últimamente estoy tocando temas algo desenfrenados, y siempre referidos a lo sexual (Crítica a la moral sexual autoritaria).

Yo, tan seriecita desde joven (Identidad juvenil), ¿seré confundida con una pornógrafa?

Mis entradas, ¿serán buscadas con frenesí en Internet, como se buscan las “malolientes” páginas de pornografía? (Consideraciones de carácter ético y moral en el desarrollo de Internet)

Bueno, no me contesten, ya sé que no. Era sólo una broma (Más allá y más acá del Feminismo) para celebrar la erotización de mis últimos escritos (La transmutación de la escritura).

¿Y por qué no agasajar a Eros, a Eros que está vivo todavía, y no al doliente Tánatos? (La muerte en la historia)

El cuento (El cuento y sus características) que transcribo para ustedes es inédito pero fue escrito ya hace unos años. Pretende ser el extracto del diario de una mujercita muy libre y singular, castigada por estas dos hermosas virtudes al punto de ser internada en un colegio de monjas.

En mis tiempos -y en la Argentina- se llamaban “pupilas” las niñas que vivían en colegios privados lejos de su familia, y hasta a veces muy lejos, en otros países.

Niñas ricas de tintes melancólicos, blancos en Suiza, por ejemplo (Suiza).

Gracias a Dios, fui de escasas posesiones durante toda mi vida.

Las palabras obscenas entre las azucenas

(del diario de una adolescente de hace 40 años)

1970

Sé que soy un prodigio. Yo pronuncio terribles blasfemias o las peores malas palabras y tienen un valor. Yo digo la palabra azucena y tiene otro. Si mezclo las palabras tienen otro valor, ninguna es despreciable.

Yo puedo ir más allá. Sé que soy un prodigio, dije, y no dije de qué: de obscenidad. Nadie sabe que en su oscuro cuartito se ocultan los tesoros, las joyas, los rubíes, las perlas.

Un rubí era cuando yo me tocaba, sola en mi cuarto. Si no estaba sola era mucho mejor, era un diamante. Un muchacho me hundía, me atravesaba con su miembro. Y digo miembro pero conozco todas las palabras obscenas en todos los idiomas obscenos, y es por eso, ¿por eso?, que yo estoy encerrada.

Estoy pupila, pero más que pupila. Estricta vigilancia.

Una monja pasa y me mira mientras voy escribiendo.

Me vigila.

Sabe a qué puedo llegar -yo no lo sé muy bien.

La monja tiene miedo de que yo sea demasiado inteligente, me mira como si fuera una estrella negra, en realidad me admira. No me puede dejar de mirar.

Esto va más allá de “estricta vigilancia”.

Siente curiosidad, quiere mirarme el alma, y mi alma es preciosa.

Es redonda y preciosa, perfecta como un círculo, aunque junte tinieblas, como el ombligo junta mugre. “Juntatinieblas”, ese nombre le puse.

¿De un ramo de flores blancas no caen abismos?, abismos que me gustan, siempre que leo un libro y dice abismos yo dejo el libro y me pongo a pensar en los abismos. Busqué en el diccionario -ya sabía el significado, pero quería la definición exacta- y decía profundidad muy grande, infierno, cosa inmensa, incomprensible.

Esas profundidas, esas cosas inmensas, lo incomprensible, esos infiernos, tienen otros vocablos en los lenguajes obscenos, pero abismo en sí podría ser obsceno, una palabra obscena.

Yo podría ir reemplazando mis palabras por palabras así, para escribir en clave, digamos: un nardo o un clavel en el abismo, y ya sabría de qué se trata. O utilizando la palabra hiena, que también tiene fuerza destructiva, lujuria. Porque este cuaderno corre un peligro extremo.

Recién la monja se paró atrás de mí. ¿Está leyendo lo que escribo?

Me miró con una sonrisa tan dulce que parecía la sonrisa de una mujer hermosa:

-No pienses que estoy leyendo lo que escribes, es tuyo. No lo puedo leer sin tu permiso -dijo.

Yo no le pregunté por qué se había parado detrás de mí entonces, porque me había gustado su sonrisa y lo que dijo: “Es tuyo, no lo puedo leer”; pero sé que algo debe haber leído.

Tuve de pronto el impulso de entregarle el cuaderno y decirle que le daba permiso, que leyera, pero me contuve. Y en realidad no fue por mí, fue por ella que me contuve.

Escribí antes que este cuaderno corre extremo peligro, pero lo escribí por ampulosidad -yo quiero dominar además el idioma corriente, y ampulosidad es un hermoso sustantivo-, ya que… ¿qué peligro podríamos correr este cuaderno y yo si más allá de este colegio de monjas en donde estoy pupila no hay nada, no hay otro lugar? -otro lugar que tenga algún sentido.

Aquí me pasaría el resto de la vida escribiendo encerrada en la sala de estudio, adonde las otras chicas no vienen casi nunca, estamos eternamente solas la hermana Inés y yo.

Haría un análisis de mis palabras y de las palabras de los otros y fundaría la obscenidad, quizá en otro cuartito.

Acá no hay chicos varones, es lo malo.

Y las chicas parece que me escapan.

Ellas se pintan, pasan horas probándose ropas y maquillaje que les mandan los padres. Se miran en el espejo, no se gustan y borran, hacen otra pintura. O se gustan y se miran doblemente en el espejo, una hora seguida, haciendo muecas, tirándose besitos, guiñándose un ojo o pestañeando con las pestañas erizadas, con pedacitos de algo negro flotando entre los ojos. Pero yo no me maquillo, ni me pruebo la ropa que me mandan.

Quisiera estar desnuda, desnuda de cosméticos y ropa y hasta pelada, para sentir, para pensar, para aprender todos los idiomas, obscenos o no, y poder decirlo todo de una vez por todas, y siento que lo que más tengo es sentir.

Sentir en la piel y adentro y más adentro -ya dije de mi alma que es como que la toco- y poder a ese sentir decirlo con palabras, cualquier palabra vale: caca, o lila, o celeste, o acabar. Sí, acabar, que es tener un orgasmo, pero más suave.

Escribo todo seguido, pero hay un ayer y hasta hay un hoy y un mañana y un pasado mañana, y meses y años, y seguiré escribiendo cada día.

Porque no hay tiempo, no existe para mí.

Lo que existe acá que hace de tiempo es como un largo corredor, no es para mí.

Anoche salté en la cama. Me quería probar. Mi sentir. Mi piel, mis pelitos nacientes, como pelusitas, recién lo descubrí. Me acaricié Allí, y percibí que mientras lo hacía mi Allí, la sublime palabra más obscena que no debe nombrarse a partir de ahora, se ponía duro y yo me iba en el aire, por los aires y por los polvos de los polvos.

El polvo y los gusanos. Tan cerca de la muerte estoy al acabar que siento que caminan gusanos por allí, esos suaves gusanos del final, y es terrible, la suavidad y lo terrible juntos me dan miedo. Y me da tanto miedo después que no sé, me tapo la cara con las manos y me pregunto si es esto, justamente esto -el encuentro de la suavidad y lo terrible- lo que llaman pecado, o lo que verdaderamente así se llama. Pero cuando me tapo la cara con las manos siento el olor, siento en los dedos el olor -muerte o sexo- y me quedo dormida tan tranquila porque es como una cuna el olor. Y estar toda mojada pero tibia.

Volvió a pasar la monja y volvió a pararse atrás de mí.

Yo di vuelta la hoja y ella no dijo nada, pero me pareció que había leído las últimas palabras porque sus fosas nasales se abrían y cerraban. Me estaba oliendo, la hermana Inés me estaba oliendo, y yo intenté explicarle de repente que había leído en un libro que el olor del pescado recién pescado era muy fuerte, muy sensual, aunque estuviera muerto o se estuviera muriendo. Que era un olor magnífico que hablaba de la vida y el sexo, de mi sexo, y el sexo es importante pero de él no se puede hablar, es lo más importante y por eso de él no se puede hablar.

-¿Por qué? -me preguntó ella -y yo creía que ella tampoco podría hablar jamás.

-Porque no hay un lenguaje -le expliqué-, y le dije:

-Si yo apenas puedo entender algunas cosas cuando reúno palabras de todos los lenguajes.

-¿De cuáles? -me preguntó la hermana Inés, y era tan dulce como si con una caricia me hiciera cosquillas cerca del ombligo.

-De todos, de los comunes, de los obscenos, de los otros -pero yo sentía que no podía soportar más la cosquilla, la risa. Era nacer y desmayarse, porque ella me escuchaba, me quería.

Anoche, cuando estaba en la cama, a punto de llegar a los gusanos, oí que alguien me llamaba: era la hermana Inés.

Pero no me llamaba, era como un soñar, y acabé despacito, creyendo que su hábito me perfumaba, me envolvía. Me protegía del pecado.

Hoy recordé el pecado mucho tiempo, me había olvidado el terror que tenía cuando era chica, cuando hacía maldades. Pero fue el terror el que me entregó -quiero decir que me entregó a la maldad- para olvidarme del pecado. Seguí haciendo maldades cada vez más, y recordando la maldad, y olvidando el pecado.

Pero ayer lo escribí, lo recordé.

¿Me habrá traído la hermana Inés una nostalgia?

Me gustan las historias de mujeres perversas.

Leí una de una mujer y de una hiena que se hacían amigas en un zoológico de Francia. La mujer le enseñaba francés, y la hiena le enseñaba su idioma.

Pero la madre de la jovencita -porque esta mujer era como yo, muy joven- iba a dar una fiesta en su honor, y ella no quería ir. Le propuso a la hiena que fuera en su lugar.

La hiena se preparó desde temprano. Fue a la casa de la joven perversa y se comió a la criada, con cuidado de comer bordeándole la cara, para que le quedara la máscara de ella. Cuando la hiena estuvo enteramente vestida con los vestidos de Leonora, bajó a la fiesta pensando en que tendría mucho éxito y que nadie la iba a desconocer en la penumbra.

Leonora le había dicho a la hiena: “Recuerde que no debe ponerse junto a mi madre: seguro que ella sabría que no soy yo. Y buena suerte”.

Leonora se encerró en su cuarto y se puso a leer Gulliver. Una hora después entró su madre “pálida de rabia”:

“Terminábamos de sentarnos a la mesa -dijo- cuando la cosa que estaba en tu lugar se levanta y grita: ‘Huelo un poco mal, ¿no?, bueno, yo no como precisamente pasteles’. Y a continuación se arrancó la cara y se la comió”.

-Es de Leonora Carrington -dijo detrás de mí la hermana Inés-. ¿Vas a ser escritora?

-¿Cómo -le pregunté-, está leyendo mi cuaderno?

La hermana Inés se puso colorada.

-Sólo quería conocerte -dijo con su sonrisa de mujer.

Yo me sentí muy fuerte, muy feliz. Había tocado fondo, estaba ya en el preciado fondo, y no tenía miedo. Me envanecí:

-¿Y leyó todas las palabras?

-Leí todo el cuaderno, sí, poquito a poco. Dios sabe que mi peor defecto es la curiosidad, y como veía que escribías tanto, y que eras tan seria, tan distinta…

-¿Y qué le pareció? -le pregunté ejercitando mi vanidad de presidiaria-. Las palabras malditas, digo, ¿qué le parecieron?

-Me pareces encantadoramente ingenua -dijo-. Y mucho más ingenua que cualquiera, que las chicas, que las monjas, que yo. Es verdad que tu alma es muy hermosa -suspiró.

Yo entonces recordé el acto irremediable que quería cometer desde hacía tiempo: me paré y la besé en la boca.

Ella dijo:

-Qué linda, pero qué linda eres, Lila -sin ninguna palabra, con los ojos.

Envío: A cambio de completar la novela que les anticipé, y con el agradecimiento por haberme estimulado tanto, les mando este “pecaminoso” cuento adolescente. Tengan piedad de él; la protagonista es verdaderamente inocente de haberlo escrito…

noviembre 5, 2009 Posted by | LITERATURA, NARRATIVA | , , , , , , | Deja un comentario

La Malinche y la esposa de Hernán Cortés.

LOCUTOR: NUNCA SE SABRÁ LO QUE EN VERDAD PASÓ EN COYOACÁN AQUELLA NOCHE DE 1522, NOCHE  EN QUE MURIÓ   CATALINA XUÁREZ, ESPOSA DEL NEFASTO HERNÁN CORTÉS, INVASOR Y DESTRUCTOR DEL IMPERIO AZTECA.

Narrador:que tenía infinitas mujeres, dentro de su casa, de la tierra, e otras de Castilla, e según era pública voz e fama entre sus criados e servidores, se decía, con cuántas en su casa había tenía acceso; aunque fueran parientas unas de otras; e que con otras mujeres casadas es notorio que a tenido muchos accesos, e que enviaba los maridos fuera de esta ciudad, por quedar con ellas, los nombres aquí no se ponen, sacáronse en un papel aparte, que algunas dellas parieron del dicho don Fernando“.

Después de consumada la conquista de Cuba en 1511, Cortés se establece en Manicarao, donde obtiene un repartimiento de indios junto con Juan Xuárez y gana una posición como vecino acomodado de la isla, por lo que parece olvidar los sueños de grandeza con los que se embarcó al Nuevo Mundo.

Juan Xuárez, una vez que obtuvo el repartimiento mando traer a su madre María Marcayda, a sus hermanas y hasta una abuela de Santo Domingo a donde habían ido esperando casarse con hombres ricos, pues los Xuárez eran “…gente pobre y de escasa valía” (Fernández del Castillo). Y ya que doña Catalina Xuárez, una de las hermanas, era de buen parecer y las mujeres españolas eran raras en la isla, pronto se entendieron don Hernando y doña Catalina.

Es así como Hernán Cortés abandona la isla junto con su armada, sin gran sentimiento por la separación de su mujer y una vez llegando a las costas mexicanas, absorto en su empresa y en amoríos con doña Marina y otras indias, parece olvidar por completo a su esposa en Cuba. Desde que salió de la isla (18 de febrero de 1519) a la toma de la ciudad de México (13 de agosto de 1521) solamente una vez se escribió con doña Catalina, después de la noche triste en que escribiría a su mujer para pedirle perdón por el olvido que hasta entonces le ha tenido.   

Las noticias de las heroicas hazañas de su esposo despertaron en doña Catalina el deseo de participar de su fortuna y embarcarse a la Nueva España sin avisar a Cortés de sus planes (agosto de 1522). Así, estando Gonzalo de Sandoval en Coatzacoalcos, le llegaron cartas acerca de un barco que entraba en el río de Ayahualulco en que venía de Cuba la señora doña Catalina Xuárez de Marcayda, con su hermano Juan y otra hermana; por lo que Sandoval salió a recibir a los viajeros acompañado de la mayor parte de los capitanes y soldados, entre ellos Bernal Díaz. Sandoval mandó avisar a Cortés de inmediato y éste mandó recibir a su esposa y cuñados con grandes honras y fiestas y los mandó traer a México con gran algarabía durante todo el camino.

Seguramente a Cortés le disgustaba la presencia de doña Catalina aunque no dio muestras de ello (ya que había favorecido a aquellos quienes traían mujeres e hijas españolas para incrementar la población en aquellas tierras y no podía mostrarse contrario a sus propias leyes). Además entonces estaba en amoríos con Marina, indispensable para la conquista de México e inseparable compañera de Cortés y con la que además tenía ya un hijo. Este era don Martín Cortés (que tendría cerca de un año a la llegada de doña Catalina a México), uno de los hijos predilectos del conquistador y que posteriormente fuera reconocido como legítimo por el papa Clemente VII en 1529.

LOCUTOR: NUNCA SE SABRÁ LO QUE EN VERDAD PASÓ EN COYOACÁN AQUELLA NOCHE DE 1522.

noviembre 2, 2009 Posted by | AUDIO, HISTORIA, LITERATURA, NARRATIVA, POLÍTICA | , , , , , , , , , | Deja un comentario

Mujeres condenadas

“Mujeres condenadas”.Autora: Mora Torres Publicado:Octubre 28 ,2009. Extraido de: Monografías.com

Entre mis viejos escritos (Fighting for the Freedom) encontré una novela que no recordaba mucho (La novela). Se llama “Mujeres condenadas” (Mujeres asesinas: ¿criminales o heroínas?), título que cambiaría por otro menos monumental, pero respecto a éste hay varias observaciones dentro del manuscrito: “Citar a Baudelaire”, por ejemplo (Bien vale un verso). Otra reflexión que encuentro: “Es probable que el libro se llame Mujeres condenadas ¡en latín!. En cálculos, se supone que mi abuela nació en 1890 (Fotografía post mortem en el Perú siglo XIX); que la parió a mi madre en 1930 (Totalitarismo 1930 y totalitarismo siglo XXI), y que yo vine al mundo en 1970. Ahora tendría 25 años y estaría en la cárcel desde hace cinco por un crimen que cometí a los 20 (La asesina ilustrada; el libro de la muerte). Aunque todo esto es, quizá, demasiado redondo”. Transcribiré algunos capítulos salteados y reducidos, porque me parece que a mis amigos y colaboradores puede llegar a interesarles (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad). Capítulo I Si maldita, que me maldigan las cosas más sólidas. Que me maldigan no los pequeños momentos en que al mirar la estrella (que yo llamo Clara) apresé el inmóvil perfil de la belleza muerta, sino las muchas horas en que se desprende de mí una esencia mortal. Que mis ojos sean capaces de cubrir la reliquia de un hombre que se pudre y de observar la fosa abierta de su corazón, y la aberración de ser todos los hombres sea yo misma, llamándome Hitler y Teresa y Calígula y Agustín y Francisco, y ésos que no fueron ni esto ni lo otro, apenas los peluqueros, los diáconos y los sirvientes de ellos; apenas los que viven a ciegas porque nacidos como ciertos roedores en un lugar estrecho y oscuro, no necesitan de la vista para encontrar alimentos y perdurar su tiempo de sepulcros. Estoy presa, y me parece que he nombrado mi vida al hablar de esos ciertos roedores. La condena que me impusieron es semejante, mirada panoránicamente, a mis días anteriores a ella. Si no recuerdo mi nacimiento, sí en cambio mi infancia fue como ese tubo negro que se sospecha que observamos al nacer; el patio gris y las paredes leprosas que me albergaron eran el envejecido útero de mi madre; también el de mi abuela, que parió a mi madre a los cuarenta años inaugurando una tradición de progenitoras añosas en la familia, cuando a su vez sus antepasados ya habían legado a la ciudad varias generaciones de bellas prostitutas. La más bella de todas fue mi abuela, Corina, y por eso fue menos prostituta que dama de compañía de varones de altísimo rango, que hembra amancebada de un político de renombre, que enjoyada muñeca de palcos de ópera alquilados. El dinero que su hermosura consiguió se lo comieron estos vicios inocentes que le dejaron los mismos que la sacaron del horror. Vestidos caros y perfumes, carruajes ricos, espectáculos y viajes por el mundo -después, cuando yo era adolescente y ella una anciana legendaria, como en un golpe de dados, el dinero volvió. (…) Puedo decir que mi abuela me dio también un sentido de la vida; un modo sutil de mirarla como a un reloj de arena cuya arena se acaba en poco rato, que es delicioso ver caer con blandura, deformando el montón de horas que fueron. Mi madre, Iris, fue entre mi abuela y yo un puente devastado por el que crucé para alcanzar a Corina. La primera vez que descubrí a mi madre ella estaba sentada en un sillón, un poco a oscuras, tejiendo con la luz que entraba escasamente por ser casi de noche. La cara parecía roja, el pelo era gris, las manos, las de una viejecita de cuento; la ropa, igual, como la de una viejecita protagonista de un cuento de pobres; pero estaba calzada con un par de zapatos de salir, y daban una impresión grotesca esos tacos aguja, relustrados, en el conjunto de miseria. Yo sabía sin entender del todo que estas incongruencias correspondían a una eterna contienda con mi abuela, que Iris alternaba su resignado estar con fragmentos de lucha. Le pregunté por los zapatos y ella dejó la masa de tejido rosado y corrió al dormitorio; se encerró a llorar. La curiosidad por esta pequeña historia me persiguió durante largo tiempo. La actitud de mi madre me hizo pensar en algo más que en una simple competencia con Corina, y adjudiqué a ese par de charoles un valor de misterio que tal vez no tenía, pero que curiosamente influyó mucho más tarde en los sucesos que me trajeron hasta aquí. Yo buscaba manchas de sangre en los zapatos; si no, el modo de que me revelara el amante escondido por detrás, o a la persona que refugiáramos en casa, de la que mi madre hubiera tomado el par. Si eran un robo, un asesinato, o memoria de alguien. Salí a jugar al patio. Ya era de noche y yo suponía que una de esas estrellas del cielo me pertenecía; la tenía identificada y la llamaba Clara; Clara tenía una voz dentro de mí. Yo preguntaba y eran otras palabras, no las de una niña, las que respondían en mi interior cuando le preguntaba a Clara; el tono era insidioso, maligno. Me contestaba con ecos de la voz de una antigua amiga de mi abuela que yo no conocí pero cuya historia me contaron. Tan bien descripta por mi abuela Corina, yo identificaba la voz de Anabela, esa amiga suya, sin haberla escuchado jamás, y nacía en mí misma bajo el influjo de mi estrella. Capítulo II Anabela -y esto ocurría en los últimos años del siglo XIX- empezó correteando con Corina por las calles más negras de Buenos Aires. El barrio se llamaba Las Quintas, y había burdeles, claveles en un rectangulito de jardín, patios clandestinos donde comenzaba a insinuarse la locura del tango. La casa donde vivía Anabela era la misma que la de Corina, un prostíbulo en el cual ambas nacieron sencillamente porque tenían un serio destino de nacer, inclusive entre abortos de sietemesinos de las mujeres del lugar y muertes de las mismas provocadas por precariedad y mugre. Aunque Anabela y Corina no se llamaron así desde el principio, ya a los doce años les otorgaron esos nombres los primeros, generalmente decrépitos, amantes. La madre de Anabela murió un día de la segunda infancia de ésta y de mi abuela, y la velaron en la sala de espera del burdel. A Corina le impresionó que, en el ataúd, la muerta pareciera más joven y desamparada que su propia hija; un pajarito congelado, una mujer con destino de pájaro debajo del sombrero de plumas rojas con que habían decidido completar la mortaja, roja también, de su vestido de fiesta. Anabela lloraba desconsoladamente, más que por su madre, por su propia suerte futura. Corina trataba de calmarla con un código de abrazos secretos y de besos que habían inventado las dos, pero sin conseguirlo. Se acercó la Encargada, Madame Beatriz, y acarició el enrulado pelo de Anabela penetrando con las manos en un territorio de sensualidad inexplorada. La revisó de arriba a abajo; pesó sus pechos incipientes, siguió con los dedos la curva del vientre demasiado joven, tanteó los muslos y finalmente dictaminó que podía ocupar el sitio de su madre en la casa; habría comida, alojamiento y algún dinero extra. Anabela no se horrorizó, siguió llorando, aunque decidió al mismo tiempo comenzar su trabajo lo antes posible. A Corina la conmovió la desgracia de su amiga y sintió que no debía dejarla sola; la única solidaridad posible consistía en compartir el oficio. Lo consultó con Madame Beatriz, quien inmediatamente asintió; a ella no necesitaba revisarla, su encanto era visible. Esa misma noche, mientras el velorio seguía entre copitas de licor de naranja y de menta y tazas de café, Anabela y Corina, mi abuela, sufrieron la embestida del primer hombre gordo, viejo y voluptuoso que las tuvo a las dos, una detrás de otra, y las dejó abrazadas entre sí, temblorosas, diciéndose palabras de ternura después de la brutalidad del macho, reconociendo que el amor entre mujeres era tal vez lo único que podía componerles el alma. Aún en sus doce años, la voz de Anabela era grave, madura -como la de Clara, mi estrella de los cielos-, con la suave ronquera de penumbra que las niñas quieren a menudo imitar de algunas mujeres mayores. Esa voz le proponía a Corina, entre las sábanas, delicias que las llevaban lejos de la sala de velatorio improvisada, de la muerte y la vida, de las gotas de sangre que certificaban sus recientes bautismos. Se acariciaron hasta que el dolor por la reciente penetración del viejo cliente dio paso al deseo más inesperado, hasta que finalmente encontraron la forma -la forma eterna- del sexo entre amigas. Corina se asombró de “sentir”, pero Anabela sintió, más que nada, la emoción de tener a una mujer. Ya los papeles habían sido otorgados por el extraño dios a cuyo cargo están las extravagantes ramificaciones del placer. Mi abuela “sentía” todo lo relacionado con éste, en cualquier circunstancia, reservándose sólo una estimación estética del otro o de la otra, que tanto podía consistir en él mismo como en sus modales o en el clima que se creaba entre los dos; prefería, de todos modos, a los hombres, pero jamás le disgustó una bonita muchacha en la cama. Anabela había despertado al amor -a la pasión- en brazos de Corina, y la mujer fue su elección para toda la vida; lo demás sólo fueron cuestiones comerciales. Capítulo III A pesar de su profesión antigua, que le había servido para aprender las artes de la simulación, para encubrir y falsificar situaciones, Corina le dijo siempre la verdad a su nieta, es decir a mí, inclusive desde que yo era muy pequeña. Mi abuela era inteligente y por eso mismo me confería inteligencia, don que sólo pueden otorgar los que lo tienen en grande; los apenas lúcidos califican de estúpida e ignorante a media humanidad, los genios encuentran el reflejo de su propio genio inscripto hasta en su sombra, y son genios todos aquellos que, como mi abuela, han conseguido trascender su propia vida no con la fama o el recuerdo, sino con haber sido únicos en cada instante por delicadeza y originalidad. (…) Capítulo VI El grupo que se reunió en el pobre cementerio, casi un camposanto, era patético pero bizarro, original. Las compañeras de la madre de Anabela habían improvisado un coro de lloronas, pero tomaban cada treinta segundos un recreo que les permitía regocijarse de su propia suerte. La muerte de otro parece dar más chance a los que quedan; las chicas del prostíbulo, secretamente cada una, respiraban la dicha de no haber sido las elegidas para la ocasión, y de un modo oscuro se proponían algún pequeño cambio para mañana. La muerte les recordaba sus pecados, pero ellas tenían todo el futuro para reconstruirse. Los proyectos de Corina y Anabela eran exactamente opuestos; ese día habían entrado en dos planetas asimétricos, pero igualmente peligrosos; y la más eufórica de las dos jóvenes era la que se había quedado huérfana. Anabela gritó junto con las demás cuando echaron la primera palada de tierra sobre el ataúd; Corina no, pero observó con deleite la dramatización de su amiga. En alguna revista de las que navegaban ajadas y sin tapas por la casa había leído que el terciopelo negro no era luto; menos aún, pensó, con lentejuelas cosidas en forma de dragones y serpientes. Pero Anabela estaba espléndida en su papel, y hasta parecía más una viuda muy joven que hubiera asesinado a su marido y actuara de sufriente y desesperada. Pocas veces, pensó Corina, tendría ella la oportunidad de ser tan importante y tan compadecida como Anabela esa mañana. Y desde esa mañana su admiración actuó como el amor, y se propuso enamorarse además, cambiando lo que hubiera que cambiar en Anabela para su propio goce. Parada frente a la fosa abierta, Anabela era alta, magra, un poco impresionante; la cabeza pequeña equilibrada por una enorme masa de cabello enrulado; la cara diminuta, con rastros de vampiro, pero los ojos de seda o raso muy oscuros, grises y negros, extrañísimos. Sus rasgos angulosos no estaban de moda en esa época, aunque podían ser apreciados por alguien como mi abuela, que intuía más allá de patrones pasajeros otra estética de las cosas y de la gente. Si ese delgado cuerpo se encontrara cubierto con telas sencillas pero caras; si esos cabellos fueran domesticados en un peinado alto; si el rostro apenas maquillado; si los gestos estudiados sabiamente, Anabela sería digna de una o muchas pasiones. La de Corina, en primer lugar; la de los hombres también, para mejor florecimiento del negocio que recién, de modo clandestino hasta para la profesión elegida, habían iniciado las dos. (…) Capítulo VII Para el entierro de la madre de Anabela se tomó en préstamo, por orden de la Encargada, Madame Beatriz, casi todo el dinero de la casa; las mujeres fueron poniéndolo en un antiguo sombrero hongo que alguien había olvidado y que a veces servía de complemento de un disfraz. Beatriz era bastante vieja y todo lo elegante que puede ser un mujer en ese entorno y bajo la influencia de los gustos baratos de sus pupilas. Como ella era consciente de este influjo, trataba de ser sobria, y a veces su sobriedad era distinción, y otras falta de afeites y cuidados, al punto de que las empleadas comentaban su rareza atribuyéndole matices lésbicos. Los tenía, pero no estaban en relación con el atuendo. De joven, de alhajada, de preciosa, había elegido la profesión de prostituta porque, como los hombres le producían náuseas, no le comprometían el corazón. Con mentalidad masculina había logrado una pequeña fortuna; las mujeres, para ella, significaban lo que las hembras para el macho: había que sacarles el mejor partido posible, aun cuando esto significara cerrarse a sus amores. La madre de Corina, Bibi -es decir mi bisabuela-, era entre todas las mujeres de la casa su única amiga personal. Le gustaba secretamente, y oficialmente la distinguía porque la consideraba más astuta y más ruin que las demás. La ponía de ejemplo entre las otras chicas; era la requerida por viejos y por jóvenes, trabajaba muy bien, con vocación, ofrecía a precio de oro exquisiteces amatorias que sólo ella había inventado; cuidaba perfectamente su salud, se conservaba juvenil, apenas si después del parto de Corina había ganado dos kilos que le sentaban extraordinariamente. Beatriz le retenía a Bibi un porcentaje menor del que les retenía a las otras; entre las dos habían establecido una especie de sociedad aparte, y eran socias comerciales también en la distribución de morfina en pequeña escala, ya que Bibi era además la preferida de uno de los clientes de la casa, Belisario, un médico nada ortodoxo que en esos tiempos ya curaba con métodos orientales, psicología refinada y morfina todos los malestares de este mundo (…) Capítulo IX La voz de Clara dice que el aire es de presagios después de los entierros, se congela; a cada instante alguien va a decir una cosa y se calla por no decir algo que roce alguna herida; como si el muerto estuviera presente censurando, reclamando su lugar. En general, esto lo siente la gente demasiado sencilla, pero cuando todas llegaron del entierro, en compañía del único hombre que estuvo allí, el doctor Belisario, si bien las chicas participaron del aire congelado, se repartieron en secreto los chismes y las lágrimas; Madame Beatriz y Bibi, mi bisabuela, demostraron su independencia respecto a todo sentimiento y a toda tradición, aun la de la muerte. Se sentaron ante la mesa de la sala recientemente enlutada. Parecía apagarse la decoración fin de siglo con las voces veladas, si bien ya la habían apagado previamente el deterioro de los objetos y la lobreguez del ambiente. Beatriz y el doctor Belisario ocupaban las cabeceras; Bibi estaba sentada al lado de Beatriz; la mano de Corina se enredaba en el pelo de Anabela; comían un banquete fúnebre que estaba delicioso. El doctor Belisario comenzó a decir que dicen que la muerte pero Bibi parecía tener guardado en una caja fuerte un misterio importante y querer descubrirlo en ese momento preciso. Comenzó preguntando por la noche de ayer: “Supe, Beatriz, que les indicaste el camino a Anabela y Corina”, dijo, y siguió: “No por nada las caras de estos angelitos se ven tan marchitas.” Beatriz se acomodó en la silla, mientras ajustaba su chalina y se arreglaba con las manos el rodete buscando las palabras como si éstas estuvieran en algún lugar de su vestido. “Creo que ya están suficientemente buenas y en edad; ya tienen 12 años y aun parecen mayores”, afirmó. Bibi no tomó tiempo para pensar, pero su estrategia fue dirigirse al comensal más prestigioso: “¿Cree, doctor Belisario, que a la edad de las chicas puede abrirse un negocio como éste? ¿No le parece que a Beatriz se le haya ido la mano, o al menos que tenía que consultármelo?” Algunos planes de la novela (apuntes) Escribo desde la cárcel. Cuento lo que ya conté rápidamente: mi madre como puente hacia mi abuela. La vida entera de mi abuela Corina. Detalle: después del entierro de la madre de Anabela, Bibi, madre de Corina, provoca un escándalo en el prostíbulo porque Beatriz, la Encargada, asintió en que Corina se prostituyera la noche del velatorio, junto con Anabela; en realidad es porque ella quiere explotar a Corina sin compartirla. En el escándalo interviene el médico que cura con morfina y técnicas espirituales. La violencia de la pelea entre Beatriz y Bibi termina con ellas dos también en la cama, ya no con la inocencia de Corina y Anabela pero en el mismo sentido, aunque de una manera inmensamente sórdida. En otro momento futuro Corina conoce a alguien muy importante y de ahí en más se lanza al gran y fastuoso mundo. Después de mucho Corina pierde toda la pequeña fortuna que logró, envejece y se deprime por una tiempo, y a los 40 años se encierra a parir a Iris, la madre de la narradora. A Iris hay que elaborarla, pero evidentemente no debe ser tan bonita ni inteligente como su madre; hay que adjudicarle alguna seducción proveniente de sus rasgos tiernos o infantiles, tanto físicos como psicológicos, y menos inteligencia pero sí mayores estudios; ella sí completa el secundario y lee muchísimo, aunque sin ningún sentido crítico. Lega a su hija -digamos a mí, la narradora, la encarcelada- la pasión de la lectura, quien desde la niñez a la juventud primera lee como una rata y escribe, y además es refinada y educada en realidad por su viejísima abuela Corina, a quien ella -yo- termina asesinando por piedad. Como por piedad quiere asesinarla pero es justamente la piedad la que se lo impide, cuando Corina se convierte en un vegetal de unos 100 años la protagonista se da ánimos haciendo una curiosa recapitulación de los motivos que la llevarían a matar a su abuela ya no por piedad sino por odio. Aquí aparece el episodio de los zapatos de Iris y del sufrimiento que supone que Corina causó a Iris. La mata entonces, y una vez en la cárcel observa la vida de roedores de las otras presas y su propia vida anterior de rata. Recuerda el lugar común “rata de biblioteca” y el nacimiento de ratas en un rincón del patio de la infancia, de noche, bajo la estrella Clara; el nacimiento de ratas a las cuales ella, la niña, al principio, identifica con hadas

octubre 29, 2009 Posted by | LITERATURA | , , , | Deja un comentario

“UN FILM, AUTORES: EL PUEBLO, ZAMORA, BRITO, CHALBAUD…LA VILLA DEL CINE”.

PhotographerEn La Villa del Cine, y luego en el Teatro Teresa Carreño, disfrutamos una proyección de la recién nacida realización del Director Román Chalbaud: “ZAMORA”, cuyo autor literario Luis Brito G., también comparte con el General del Pueblo, Ezequiel Zamora, la sangre y el ardor de nuestro protagonista: El Pueblo.

Vimos la película fluir por la fase de La Guerra Federal, a través de nuestra Historia, imborrable en el trayecto de la luz que, más allá de la persistencia retiniana, perenne recorre trayecto al infinito, develando sus inmensas posibilidades didácticas. Ya meditando un muy poco, imaginamos su distribución a comunidades de compatriotas, su discusión y reflexiones, la confluencia del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, el M. del P.P. para la Educación, etc.; cine foros, sistematizados en comunas, centros comunales, núcleos productivos, didácticos, etc., con material impreso, complementario de videos, discos compactos, TV u otros medios, aprovechando experiencias de equipos docentes (“yo si puedo”, p.ej.), y proyecciones de La Villa con las alcaldías de Zamora y Plaza (Guarenas/Guatire, Edo.Miranda).

A veces, uno cree descubrir el hielo, el agua tibia, y hasta cree haber inventado el grito, pero el alborozo ante lo que se piensa nuevo y cercano, por posible, busca rasgar el aislamiento. Estemos realmente en Guatire y Guarenas, más y más tierra adentro, más en el País y aún más allá, con nuestro Satélite Simón Bolívar, comenzando quizás, con alguna prueba piloto de la serie que, para televisión se prepara…con las y los jóvenes estudiantes, vecinos inmediatos de “La Villa” y del futuro…Al fin y al cabo lo que tendríamos que hacer es seguir aprendiendo a arar en la tierra y en el mar, con enorme entusiasmo, propio de todo aquel que se siente y es revolucionario. El Pueblo inquebrantable, debe ser y será, como siempre, autor magnífico de su propia historia.

¡ZAMORA VIVE, LA LUCHA SIGUE!

octubre 28, 2009 Posted by | BIOGRAFÍA, CINE, EDUCACIÓN, HISTORIA, LITERATURA, LO CULTURAL/IDEOLOGICO, POLÍTICA | , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Sinfonía de Otoño.

Publicado el 5 de Agosto de 2009 por MORA TORRES, en MONOGRAFÍAS.COM

Es como ir subiendo una montaña y estar bastante cerca de la cima; es como detenerse allí un momento y mirar para abajo aunque dé vértigo (Vértigo, ansiedad y sin sentido).

El paisaje: admirable (Ferreñafe: el bosque de Pomac, Perú).

Además, fastuosamente variado.

Hay selvas tropicales, mares tormentosos, nieve (Las Nubes).

Están las mañanas más hermosas del mundo y los atardeceres melancólicos.

Las noches “pecadoras” y el vino alegre (El vino como elixir sagrado…).

Da vértigo, pero todavía no nos falta el aire, se puede seguir subiendo…

La vejez

Al envejecer vamos devolviendo poco a poco los dones de que se nos hizo acreedores (Las dimensiones bioéticas de la vejez). Ya no está la piel “tirante como ráfaga” ni los ojos iluminan cualquier estancia: hay que frotarlos para que brillen, como a una lámpara, como a la de Aladino (La estrella resplandeciente. Fábula. Siglo XXI).

Algunos otros detalles -de mayor valor que los ojos y que la piel- también desaparecen.

Pero empieza a crecernos un órgano precioso e invisible del cual desconocíamos su existencia.

Primero es un latido, después inunda el corazón.

Los ojos -aunque no brillen- ven más y lo descubren todo, y me recuerdan el versito que repetía mi madre algunas veces, que trataba de un joven y un anciano que habían chocado en la calle: “-Perdonad, es que al pasar no os miré./ -A su edad nada se mira, joven, porque nada importa,/ cuando la vista se acorta/ es cuando se empieza a ver”.

 

Ya no se escucha un ruido de espadas que chocan continuamente como en guerras antiguas, sino suaves vientos que arrastran hojas secas, y cada una es una cara, es un recuerdo, es un espejo.

No es necesario decir sí; no es necesario “parecerse” a alguien parecido a una hermosa mujer o a un hombre fuerte: los competidores han desaparecido, uno puede subir hasta la cumbre y a la vez descansar; uno puede recitar mientras sube -y les aseguro que el recitado no hace perder el aire:

La vejez, tal es el nombre que los otros le dan, también puede ser el tiempo de la dicha… JLB

Don

Quiero hacerles un regalo a todos, pero especialmente a José, Osvaldo y Vancho (Breve estudio acerca de los dones espirituales). A ellos porque comenzaron y continúan gloriosamente escribiendo nuestra novela latinoamericana en la entrada pasada -que quedará como lugar para siempre para quien quiera intervenir, sólo hay que buscar “La tragedia de la página en blanco”.

Regalo unos fragmentos de El bosque de la noche, de Djuna Barnes, fabulosa escritora como ustedes, y que vivió mucho tiempo en México -casi creo que allí murió.

El subtítulo que pongo es el nombre del capítulo de donde extraí algunos párrafos.

Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?

A eso de las tres de la madrugada, Nora llamó a la puertecita vidriera de la vivienda  y preguntó si el doctor estaba en casa (…) En la estrecha cama de hierro, entre sucias y gruesas sábanas de lino, estaba el doctor, con un camisón de franela de mujer. La cabeza del doctor, con sus grandes ojos negros, sus mejillas gris acero, estaba enmarcada en el semicírculo dorado de una peluca con unos tirabuzones que llegaban hasta los hombros, y al quedar comprimidos contra la almohada mostraban su oscuro interior. Tenía los labios muy rojos y las pestañas pintadas. Una idea asaltó a Nora de pronto: “¡Dios mío, los niños saben cosas que no pueden explicar! A ellos les gusta ver a Caperucita Roja y al Lobo en la cama”. (…) Nora, en cuanto pudo reponerse, dijo:

-Doctor, vengo a pedirle que me hable de la noche. (…)

-¿Es que nunca has pensado en la noche? -preguntó el doctor con cierta ironía.

-Sí -dijo Nora sentándose en la única silla-; he pensado en ella. Pero de nada sirve pensar en algo de lo que nada se sabe.

-Nunca has pensado en esa peculiar polaridad de un tiempo y otro tiempo y el sueño?… Te diré cómo se asocian el día y la noche por su disociación. La misma constitución del crepúsculo es una fabulosa reconstrucción del miedo, el miedo con el culo al aire y la cabeza abajo. Cada día está pensado y calculado, pero la noche no está premeditada. La Biblia está a un lado, pero el camisón está al otro. La noche, ¡cuidado con esa puerta oscura!

-Yo pensaba que la gente sencillamente se iba a dormir, o si no, que cada cual seguía siendo el mismo -dijo Nora-. Ahora veo que la noche hace algo con la identidad de las personas, aunque duerman.

(…)

-¿Has pensado en la noche ahora, en otro país, en países extranjeros, en París? Cuando las calles rebosaban de cosas que tú no harías ni por una apuesta, ¿y has pensado en lo que ocurría entonces? ¡Los cuellos de los faisanes y los picos de los patos balanceándose junto a las pantorrillas de los galanes, y sin pavimento en toda la ciudad, millas y millas de arroyo y un hedor que se te agarraba a la nariz a veinte leguas de distancia! ¡Los vendedores voceando el precio del vino, y al alba, los buenos empleados rebosantes de meado y vinagre! Y en las callejuelas los sangradores y una princesa casquivana en camisa de seda, aullando bajo una sanguijuela. Y no digamos lo que ocurría en los palacios de Nymphenburg en los que hasta Viena resonaban los ecos de las visitas nocturnas de antiguos reyes que hacían aguas menores en tazas recubiertas de terciopelos y maderas talladas. No -dijo mirándola fijamente-, ya veo que no lo has pensado, y deberías, porque hace mucho tiempo que la noche existe. (…)

 

Envío

He brindado con todos ustedes, por la vida, el lunes, al cumplir mis primeros sesenta añitos…

octubre 14, 2009 Posted by | LITERATURA | , , , , , , | Deja un comentario

Niña Afgana.

Niña Afgana

No quiero pensar que la muchacha de la foto es “ELLA”, pues me acerca a la guerra y oigo las bombas sin sonar de sirenas, los llantos,  los gemidos, y temo. Es terrible tocar fondo a través de un texto y una foto. Cierto: “escribir duele”, reza el encabezado de  “Ediciones YO, Yaracuy oculto”, las palabras mencionadas  se las escuché por una sola vez a Argenis Rodríguez en un local de la Asociación de Escritores en la Avenida Lecuna de Caracas. Han pasado muchas…Lo copio y pego en este blog, llamado taimaboffil.wordpress.com, dedicado a la mujer y l@s niñ@s. Manuel Boffil Bello

 

AUTORA: Vanessa Chapman (Caracas). Licenciada en Letras (UCAB, 2001), ha trabajado en proyectos de investigación y creación para la Fundación Edumedia, y actualmente labora como correctora especialista de la Editorial El perro y la rana. Obtuvo en poesía la mención Publicación del XIV Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve, de la Editorial Nuevo Ser (Argentina, 2006). Paralelamente, ha realizado estudios de música y cine, desarrollando distintas actividades en dichas áreas.

Steve repetía su nombre una y otra vez: “Sharbat, Sharbat”, y sonreía complacido. Estaba seguro de que ella era a quien había estado buscando por más de 17 años. Le hablaba con ayuda de un traductor, mientras la veía terminar de hacer la comida de sus tres pequeñas hijas, en la calurosa habitación de su casita de piedra en medio de la nada, bajo el inclemente sol de Afganistán. Steve hubiera podido estar ahí sentado en el suelo de la rústica vivienda por horas, capturando cada una de sus escasas palabras y mirando aquellos recordados ojos. Tan grande era su entusiasmo.

Ella también sentía lo mismo, pero no era recatado de una mujer casada hablar alegremente con un hombre, aun cuando su esposo estaba presente y había autorizado la conversación. (Su esposa parecía ser alguien importante, al menos para estos hombres occidentales que habían atravesado el mundo para hablar con ella. Pero, en realidad, él no sabía cómo su mujer y Steve se habían conocido).

Desde el día en que Sharbat había llegado al campamento, se levantaba muy temprano a traer el agua del pozo para luego ayudar a preparar los alimentos. Por aquel entonces tenía unos 12 años y esa era su rutina de todas las mañanas, sólo que ahora estaban muy lejos de su casa y su remota aldea en Afganistán. Atrás había dejado la vida de sus padres, sus cabras y cuanto conocía. La guerra, como un huracán, la empujó hasta ahí, pero no era un lugar desagradable. Les daban ropa y una porción de granos y harina todas las mañanas, y podía salir a jugar con los demás niños durante el día.

A pesar de no ser nuevos, A Sharbat le encantaban los colores vibrantes de su camisón verde y su pañoleta roja. Lamentablemente, no podía mantenerlos libres del polvo que azotaba el campamento. Como el sol, también el viento era inclemente con las personas y en nada les ayudaba a combatir el calor. Sharbat siempre había manifestado el desagrado de tener el pelo enmarañado por la brisa seca y de sentir el polvo colándose por entre la ropa, causando escozor en su cuerpo. Por eso, luchaba por mantener sus cabellos sujetos con la pañoleta, además de sacudirse de vez en cuando la tierra que se acumulaba en su regazo mientras jugaba sentada junto a una tienda.

De repente, se produjo mucha agitación en las cercanías. Los adultos hablaban entre sí y entraban y salían de las tiendas. Los niños, curiosos, corrían a averiguar qué estaba pasando pero los espantaban como a las aves cuando les arrojan una piedra ―pero que, como ellas, regresaban pasado el peligro.

Sharbat también quería saber el motivo de tanto movimiento y caminó entre las tiendas hasta ver un grupo de personas descargando aparatos de un camión. No los conocía, y no parecían traer alimentos. Entonces, ¿a qué venían? Con pasos precavidos pasó junto a uno de los hombres, quien sin embargo la notó y se quedó maravillado. Empezó a hablar en otro idioma a sus compañeros, y señalaba su cara como si nunca hubiera visto una. Era Steve, un fotógrafo enviado por National Geographic a buscar imágenes del drama social que vivían los desplazados por el conflicto soviético en Afganistán. El trabajo del fotógrafo era muy claro. Sin embargo, el bello rostro de aquella niña cambió sus planes por completo; un hermoso decorado con unos indescriptibles ojos verdes como el mar imaginario que le faltaba a su país, profundo como el sufrimiento que habrían padecido ella y su pueblo, inmaculados como la belleza misma de la juventud.

Sharbat empezó a sospechar que este hombre se quería casar con ella. Steve habló con los adultos del campamento y estos la invitaron a entrar en una de las tiendas donde instalaban los aparatos descargados del camión. Una joven mujer occidental, vestida con blue jeans ―para asombro de Sharbat― y franela blanca la llamó y le hizo tomar asiento. A su alrededor colocaban lámparas, desplegaban pantallas y otros curiosos implementos generando un ruido parecido al de moscas atrapadas en un frasco. La mujer le quitó la pañoleta y empezó a peinar sus rebeldes cabellos. Sharbat se sintió algo avergonzada de su aspecto, e inconscientemente contribuyó en su arreglo sacudiéndose una vez más el polvo de la ropa y secándose el sudor del cuello con las mangas del camisón.

En un momento, todos en la tienda dejaron de moverse y reinó el silencio. La mujer de blue jeans volvió a colocar el velo de Sharbat en su sitio y le dijo algo que ella no comprendió. Luego se alejó y ella quiso seguirla, pero los brazos de la mujer haciendo un gesto de detenerse se lo impidieron.

Steve, al otro extremo de la tienda, sostenía un extraño artefacto delante de su rostro. Sharbat no había notado que se dirigía a ella hasta que alguien le pidió, en su idioma, voltear hacia él. Estaba segura: ¡la iban a casar con ese señor! La volverían a llevar lejos, y ya no podría jugar con sus nuevos amigos, y quién sabe dónde estaría su nuevo hogar. El momento no se podía evitar: volteó entonces, envuelta en todos estos pensamientos, hacia él. El aparato que Steve sostenía sonó como si algo se le hubiera roto adentro, ¡y eso fue todo! Le dijeron que podía irse, y ella partió muy contenta de no haber sido entregada a nadie y de poder volver a sus juegos.

Sharbat no supo ese día que le habían tomado una foto. Steve la buscaba desde entonces, pues, según le contó, muchísima gente estaba impresionada por sus ojos y querían saber más sobre ella. (Todo el asunto era sorprendente para el marido de Sharbat, a quien los ojos de su mujer le parecían tan comunes como cualquier otro par de ojos en una cara). En el fondo, Sharbat tampoco entendía por qué se interesaban tanto en ella y después de tantos años, pero en el fondo se sentía complacida de ser el centro de interés de alguien más allá de su familia, y se afanaba en terminar sus quehaceres para permitir que Steve la fotografiara una vez más

 

 

octubre 14, 2009 Posted by | LITERATURA, POLÍTICA | , , , , , , | Deja un comentario