Taimaboffil's Blog

A la mujer, jóvenes y niñ@s, con pretendida óptica revolucionaria.

30 de enero de 1895: Día de la Cruz Roja Venezolana.Venezuela

El 30 de enero de 1895 se establece la Sociedad Venezolana de la Cruz Roja, en el marco de los actos del primer centenario del nacimiento del Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, quien fue el héroe de la Independencia venezolana que más se preocupó por humanizar la guerra.
Su creación se debió al deseo de que se cumplieran en nuestro país las previsiones establecidas en la Convención Internacional de Ginebra, reunida en 1864, en la cual se acordaron medidas especiales para la atención de los heridos en guerra y la protección de los cuerpos de socorro. Venezuela se sumó a este acuerdo por decreto del Congreso Nacional y por declaración del Ejecutivo Federal, fechado el 9 de junio de 1894.



Antiguo Hospital de la Cruz Roja, hoy Hospital Carlos J. Bello


Carlos J. Bello, El Médico.
martes, abril 07, 2009.
lidice.blogspot.com/…/quien-fue-el-dr-carlosjbello.html-  lidice.blogspot.com/

Con esta nota daremos inicio a la construcción de la historia de la Urb. Lídice, desde el punto de vista de lo que significó la creación de un proyecto totalmente social dirigido a familias de la clase obrera trabajadora residente en el Distrito Federal (1943), historia que consideramos no tiene similares en otras comunidades del país. Iniciando esto con la historia del Dr. CARLOS J. BELLO, nombre dado al dispensario que esta ubicado en el sector El Parque de la Urb. Obrera Municipal Lídice, y que en los actuales momentos (2009) está siendo objeto de trabajos de remodelación para convertirlo en un Centro de Diagnóstico Integral.


El Dr. Carlos J. Bello nació en Valencia el 16 de julio de 1886. Una epidemia de fiebre amarilla en 1905 y otra de peste bubónica en 1908, ocurridas en La Guaira, atrajeron la vocación asistencial del todavía estudiante de medicina. Entre 1910 y 1920 ejerció la medicina en varias ciudades de la región centro-occidental de Venezuela como San Juan de los Morros, Valencia, Villa de Cura, Maracaibo y San Cristóbal. Escribió entre 1918 y 1920 numerosos artículos científicos sobre temas de medicina tropical. Entre 1921 y 1925 desarrolló en Maracaibo y San Cristóbal una dinámica actividad asistencial en los Hospitales Chiquinquirá y San Juan de Dios respectivamente, del último de los cuales fue director.
Ya para 1925 se ubicó definitivamente en Caracas desempeñándose en el Hospital Vargas en funciones sanitarias y asistenciales. Fue Director de Epidemiología de la Dirección de Sanidad Nacional y luego Director de la Sanidad Nacional. Representó a Venezuela en Washington en la primera y segunda Conferencia Panamericana de Directores de Salud. En 1927 fue designado Presidente de la Cruz Roja Venezolana donde se dedicó en cuerpo y alma a la organización de los distintos servicios médicos, de los quirófanos y a la creación del “Cuerpo de Samaritanos de la Cruz Roja”. Murió en Caracas el 20 de febrero de 1933.
En 1936, el instituto fue reinaugurado con la asistencia del entonces presidente de Venezuela general Eleazar López Contreras, posterior a una remodelación, dotación médico-quirúrgica moderna y una reorganización sustantiva de sus servicios acorde a las necesidades de salud de la población. Es entonces cuando maestros cirujanos de la talla del Dr. Manuel Corachán y García, quien vino de España y estuvo en Venezuela entre 1937 y 1941, llevó a cabo labores asistenciales y dejó un legado docente cuya semilla sería recogida por generaciones futuras de maestros cirujanos venezolanos. Asimismo se fueron conformando de manera efectiva Comités y Brigadas Educativas para la creación de la Cruz Roja Venezolana de la Juventud. Para 1938, fueron donados los terrenos contiguos al instituto por los hermanos Vollmer Boulton construyéndose en ellos la Escuela de Enfermeras Profesionales Francisco A. Risquez, inaugurada en su nueva sede en 1949 y que desde 1988 por decreto del entonces presidente de Venezuela Jaime Lusinchi, pasó a ser Colegio Universitario de Enfermería.


Hospital Carlos J. Bello en Caracas 
(Cruz Roja Venezolana)
En 1940, a instancias del entonces Secretario General de la Cruz Roja Venezolana, Dr. Joel Valencia Parpacén, se propuso que los distintos Departamentos del Instituto se integraran bajo el nombre de Hospital “Carlos J. Bello” como ” un reconocimiento a la preclara figura de uno de los más ilustres y activos presidentes de la institución”, lo cual fue unánimemente aprobado.


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enero 30, 2011 Posted by | HISTORIA, MEDICINA | , , , , , , , , , , | 2 comentarios

30 de enero de 1846: Nace Pérez Bonalde en Caracas. Venezuela

Juan Antonio Pérez Bonalde

  

 

En 1846 nace en Caracas el poeta Juan Antonio Pérez Bonalde, perteneciente a la segunda generación del movimiento romántico en Latinoamérica, y considerado precursor del modernismo por haber traducido obras de Heinrich Heine y Edgar Allan Poe.

Pasó su juventud en Puerto Rico y viajó por Europa, Asia, el Medio Oriente y Latinoamérica. Su poesía está marcada por sentimientos melancólicos y por un ritmo poético rico en matices. Su obra poética fue prolífica destacando “Vuelta a la Patria”, “Flor” y “El Poema del Niágara”, sin duda, sus versos más conocidos.
 
Vuelta a la Patria
Juan Antonio Pérez Bonalde

[1875]

A mi hermana Elodia

¡Tierra!, grita en la proa el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa;
poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno,
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
Ya la vista columbra
las riberas bordadas de palmares
y una brisa cargada con la esencia
de violetas silvestres y azahares,
en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de mi inocencia,
cuando pobre de años y pesares,
y rico de ilusiones y alegría,
bajo las palmas retozar solía
oyendo el arrullar de las palomas,
bebiendo luz y respirando aromas.
Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me habla de ternuras y de amores
de una dicha pasada,
y el viento al suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice: « ¿no te acuerdas?».
Ese cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales…
¡Luz, luz al fin! Los reconozco ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡oh, inefable alegría,
son las riberas de la patria mía!
Ya muerde el fondo de la mar hirviente
del ancla el férreo diente;
ya se acercan los botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor del pueblo mío.
¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga,
o se adueña de mi alma el desvarío!
Llevado en alas de mi ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al barquichuelo
que a las riberas del hogar me invita.
Todo es grata armonía; los suspiros
de la onda de zafir que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos giros;
y las notas suaves,
y el timbre lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del tosco marinero,
el dulce son de mi nativo idioma.
¡Volad, volad, veloces,
ondas, aves y voces!
Id a la tierra en donde el alma tengo,
y decidle que vengo
a reposar, cansado caminante,
del hogar a la sombra un solo instante.
Decidle que en mi anhelo, en mi delirio
por llegar a la orilla, el pecho siente
dulcísimo martirio;
decidle, en fin, que mientras estuve ausente,
ni un día, ni un instante hela olvidado,
y llevadle este beso que os confío,
tributo adelantado
que desde el fondo de mi ser le envío.
¡Boga, boga, remero, así llegamos!
¡Oh, emoción hasta ahora no sentida!
¡Ya piso el santo suelo en que probamos
el almíbar primero de la vida!
Tras ese monte azul cuya alta cumbre
lanza reto de orgullo
al zafir de los cielos,
está el pueblo gentil donde, al arrullo
del maternal amor, rasgué los velos
que me ocultaban la primera lumbre.
¡En marcha, en marcha, postillón, agita
el látigo inclemente!
Y a más andar, el carro diligente
por la orilla del mar se precipita.
No hay peña ni ensenada que en mi mente
no venga a despertar una memoria,
ni hay ola que en la arena humedecida
con escriba con espuma alguna historia
de los alegres tiempos de mi vida.
Todo me habla de sueño y cantares,
de paz, de amor y de tranquilos bienes,
y el aura fugitiva de los mares
que viene, leda, a acariciar mis sienes.
me susurra al oído
con misterioso acento: «Bienvenido».
Allá van los humildes pescadores
las redes a tender sobre la arena;
dichosos, que no sienten los dolores
ni la punzante pena
de los que lejos de la patria lloran;
infelices que ignoran
la insondable alegría
de los que tristes del hogar se fueron
y luego, ansiosos, al hogar volvieron.
Son los mismos que un día,
siendo niño, admiraba yo en la playa,
pensando, en mi inocencia,
que era la humana ciencia,
la ciencia de pescar con la atarraya.
Bien os recuerdo, humildes pescadores,
aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
los años me han cambiado y los dolores.
Ya ocultándose va tras un recodo
que hace el camino, el mar, hasta que todo
al fin desaparece.
Ya no hay más que montañas y horizontes,
y el pecho se estremece
al respirar, cargado de recuerdos,
el aire puro de los patrios montes.
De los frescos y límpidos raudales
el murmullo apacible;
de mis canoras aves tropicales
el melodioso trino que resbala
por las ondas del éter invisible;
los perfumados hálitos que exhala
el cáliz áureo y blanco
de las humildes flores del barranco;
todo a soñar convida,
y con suave empeño,
se apodera del alma enternecida
la indefinible vaguedad de un sueño.
Y rueda el coche, y detrás de él las horas
deslízanse ligeras
sin yo sentir, que el pensamiento mío
viaja por el país de las quimeras,
y sólo hallan mis ojos sin mirada
los incoloros senos del vacío…
De pronto, al descender de una hondonada,
«¡Caracas, allí está!», dice el auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.
¡Caracas allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas,
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos!
Caracas allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado.
Hay fiesta en el espacio y la campaña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos de las flores
a los dorados pístilos se abrazan;
besa el aura amorosa el manso Guaire,
y con los rayos de luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.
¡Apura, apura, postillón, agita
el látigo inclemente!
¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
por él mi corazón… Mas, no, detente!
¡Oh infinita aflicción, oh desgraciado
de mí, que en mi soñar hube olvidado
que ya no tengo hogar…! Para, cochero;
tomemos cada cual nuestro destino;
tú, al lecho lisonjero
donde te aguarda la madre, el ser divino
que es de la vida centro de alegría,
y yo…, yo al cementerio
donde tengo la mía.
¡Oh, insoluble misterio
que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
¿En dónde está, Señor, ésa tu santa
infinita bondad, que así consientes
junto a tanto placer, tristeza tanta?
Ya no hay fiesta en los aires; ya no alegra
la luz que el campo dora;
ya no hay sino la negra
pena cruel que el pecho me devora…
¡valor, firmeza, corazón no brotes
todo tu llanto ahora, no lo agotes,
que mucho, mucho que sufrir aún falta:
ya no lejos resalta
de la llanura sobre el verde manto
la ciudad de las tumbas y del llanto;
ya me acerco, ya piso
los callados umbrales de la muerte,
ya la modesta lápida diviso
del angélico ser que el alma llora;
ven, corazón, y vierte
tus lágrimas ahora!

II

Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;
a desahogar en tu glacial regazo
la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía.
Madre, aquí estoy; en alas del destino
me alejé de tu lado una mañana,
en pos de la fortuna
que para ti soñé desde la cuna;
mas, ¡oh, suerte inhumana!
hoy vuelvo, fatigado peregrino,
y sólo traigo que ofrecerte pueda,
esta flor amarilla del camino
y este resto de llanto que me queda.
Bien recuerdo aquel día,
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de marzo una mañana fría
y cerraba los cielos el nublado.
Tú en el lecho aún estabas,
triste y enferma y sumergida en duelo,
que, con alma de madre, contemplabas
el hondo desconsuelo
de verme separar de tu regazo.
Llegó la hora despiadada y fiera,
y con el pecho herido
por dolor hasta entonces no sentido,
fui a darte, madre, mis postrer abrazo
y a recibir tu bendición postrera.
¡Quién entonces pensara
que aquella voz angélica en mi oído
nunca más resonara!
Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,
dijiste al estrecharme contra el pecho:
«Tengo un presentimiento que me dice
que no he de verte más bajo este techo».
Con un supremo esfuerzo desliguéme
de los amantes lazos
que me formaban en redor tus brazos,
y fuera me lancé como quien teme
morir de sentimiento.
¡Oh, terrible momento!
Yo fuerte me juzgaba,
mas, cuando fuera me encontré y aislado,
el vértigo sentí del pajarillo
que en jaula criado,
se ve de pronto en la extensión perdido
de las etéreas salas,
sin saber dónde encontrará otro nido
ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.
Desató el sollozar el nudo estrecho
que ahogaba el corazón en su quebranto
y se deshizo en llanto
la tempestad que me agitaba el pecho.
Después, la nave me llevó a los mares,
y llegamos al fin, un triste día
a una tierra muy lejos de la mía,
donde en vez de perfumes y cantares,
en vez de cielo y verdes palmas,
hallé nieblas y ábregos, y un frío
que helaba los espacios y las almas.
Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,
mas suavizaba el sufrimiento impío,
la esperanza de verte
un tiempo no lejano al lado mío.
¡Ah del mortal ciego
confía su ventura a la esperanza…!
La ley universal cumplióse luego,
y vi en el alma, presta,
la mía disiparse,
cual mira en lontananza
torcer el rumbo en dirección opuesta
el náufrago al bajel que vio acercarse.
Bien recuerdo aquel día
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de marzo otra mañana fría,
y los cielos cerraba otro nublado.
Triste, enfermo y sin calma,
en ti pensaba yo, cuando me dieron
la noticia fatal que hirió mi alma.
Lo sentí, decirlo no sabría…
Sólo sé que mis lágrimas corrieron
como corren ahora, madre mía.
Después, al mundo me lancé, agitado,
y atravesé océanos y torrentes,
y recorrí cien pueblos diferentes,
tenue vapor del huracán llevado,
alga sin rumbo que la mar flagela,
viento que pasa, pájaro que vuela.
Mucho, madre, he adquirido,
mucha experiencia y muchos desengaños,
y también he perdido
toda la fe de mis primeros años.
¡Feliz quien como tú ya en esta vida
no tiene que luchar contra la suerte
y puede reposar en la seguida
inalterable calma de la muerte;
sin ver ni padecer el mal eterno
que nos hiere doquier con saña cruda,
ni llevar en el pecho el frío interno
de la indomable duda!
¡Feliz quien como tú, con altiveza
reclinó para siempre la cabeza
sobre los lauros del deber cumplido;
cual la reclina, por la muerte herido,
tras el combate rudo,
risueño, el gladiador sobre su escudo!
Esa, madre, es tu gloria
y alta recompensa de tu historia,
que el premio sólo del deber sagrado
que impone el cristianismo
está en el hecho mismo
de haberlo practicado.
Madre, voy a partir; mas parto en calma
Y sin decirte adiós, que eternamente
me habrás de acompañar en esta vida.
Tú has muerto para el mundo indiferente,
mas nunca morirás, madre del alma,
para el hijo infeliz que no te olvida.
Y fuera el paso nuevo,
y desde su alto y celestial palacio,
su brillo siempre nuevo
derrama el sol por el cerúleo espacio…
Ya lejos de los túmulos me encuentro,
ya me retiro, solitario y triste;
mas, ¡ay! ¿a dónde voy? ¡si no existe
de hogar y madre el venturoso centro!…
¡A dónde? ¡A la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo
hasta caer en su mortal regazo
con el alma en paz y con la frente erguida!

enero 30, 2011 Posted by | BIOGRAFÍA, LITERATURA, POESÍA, Uncategorized | , , , , , , | 2 comentarios

30 de enero 1818: Bolívar y Páez se encuentran en Cañafístola (Toma de las flecheras), Estado Apure. Venezuela

30 de enero 1818: Bolívar y Páez se encuentran en Cañafístola (Toma de las flecheras), Estado Apure. Venezuela

via: http://diarioveaonline.com/index.php
Estatua ecuestre de José Antonio Páez
San Fernando de Apure.
Autores:Andrés Pérez Mujica y Eloy Palacios

(Esta obra fue elaborada con la técnica de vaciado en bronce, y es una de las de un conjunto de obras originales editadas y que fueron distribuidas a nivel nacional. La primera edición fue realizada a finales del siglo XIX. La obra se encuentra ubicada en el Boulevard de San Fernando de Apure, lo que comunmente se le llama “Redoma de Páez”).

El 30 de enero de 1818 se produce el primer encuentro de Bolívar y Páez, en el Hato de Cañafistola, cerca de San Juan de Payara, actual Estado Apure. Ambos caudillos se conocían por cartas pero no se habían visto personalmente. Ante la necesidad de unificar los ejércitos, Bolívar se trasladó a los Llanos en busca de Páez que era el Jefe indiscutible de los llaneros y el triunfador de muchos combates contra el ejército español. Seis días más tarde en presencia del Libertador, el General Páez acompañado de cincuenta de sus mejores Lanceros, realizaba la proeza de la Toma de las Flecheras, en el río Apure, en las afueras de San Fernando.
Ramón Páez, “Toma de las flecheras” litografía; de17x 10.5 cm, copia de un antiguo cuadro. Publicada en la Opinión Nacional, el 13 de Junio de 1890, No 6216. Reproducida a su vez en el Cojo Ilustrado, del 15 de de mayo de 1897, No 130.
 



Toma de las Flecheras.
Autor: Ramón Páez. Acuarela, en BCV.


 

No se tiene fecha exacta del nacimiento, en el siglo XIX, de Ramón Páez; tampoco de su muerte, acaecida en Nueva York, en el mismo siglo. Hijo de una de las uniones extraconyugales de José Antonio Páez, fue reconocido por éste y recibió esmerada educación. Estudió en Inglaterra bajo la guía de los padres Stonyhurt, y es probable que con éstos haya obtenido conocimientos de las ciencias naturales. Alumno de ese mismo plantel fue Charles Waterton, autor del libro Viajes en Sur América. En Caracas tuvo como condiscípulos a los que han de ser destacados venezolanos, como José María y Arístides Rojas, Juan Vicente González y Cristóbal Rojas, padre. En 1846 el general Páez hizo su última visita al escenario llanero donde forjó su leyenda. Ramón Páez fue secretario de dicha expedición, haciendo anotaciones y apuntes en cuanto a flora, fauna, geología. Este cúmulo de material recopilado lo publicó en su libro Wild Scenes in South America or Life in the Llanos of Venezuela, en 1862. Acompañó a su padre en las malas y en las buenas. A raíz de su exilio, se radicó en Nueva York, en 1850. Hay una importante relación entre la publicación de los libros de Ramón Páez y la Autobiografía de Páez, la llegada a la gran ciudad del danés Fritz Melbye y el origen (para los anales de la plástica nacional) tanto de la obra del período venezolano de Melbye y Pissarro, como de los propios trabajos del hijo de Páez. La obra plástica de Ramón Páez, prácticamente desconocida, fue rescatada para el país por el BCV. Un descendiente de Ramón Páez, George Mc Manun, se hará célebre en el mundo del cómic con la creación de la historieta “Pancho y Ramona”, cuyo nombre original traducido del inglés es “Educando a papá”. Trata el tema de la clase media americana en ascenso y su primera aparición tuvo lugar el 3 de agosto de 1913]
 
 Reseña de la toma de las flecheras, del Libro del autor Alfonzo Rumazo, Simón Bolívar, Pag. 135 y 136
Morillo y sus contingentes españoles y criollos descansaban en Calabozo plácidamente, pues se consideraban seguros, con Páez como único enemigo al frente. Habia previsto el general español que la próxima población atacada sería San Fernando, a orillas del rio Apure. Y no se equivocaba. Bolívar y Páez ponen sitio al puerto fluvial, que hallábase muy bien defendido. Pero Bolívar, lejos de considerar aquella maniobra como objetivo vital-y en eso divergía del criterio localista de Páez-, la convierte en movimiento de distracción, pues el grueso del ejército, mas de cuatro mil hombres, atraviesa el Apure y va directamente hacia Calabozo, para caer por sorpresa sobre Morillo.
Los llaneros, Páez y Bolívar: Toma de las Flecheras
Autor: Tito Salas, 1928 (Oleo Casa Natal de El Libertador) 
En aquel lugar donde era atravesado el rio, la una márgen está a 700 metros de distancia de la otra; y dos embarcaciones realistas obstruyen el valeroso movimiento de natación de los republicanos, disparando constantemente contra ellos y causando bajas. Bolívar se exaspera y grita:

Simón Bolívar en “La Toma de las Flecheras”.
Autor: Tito Salas, 1928.
Oleo en Casa Natal de El Libertador
 -¿ No hay aquí un guapo que se tome esas flecheras a nado? 
 
– Si; lo hay- responde altivamente Páez.
  

Toma de las Flecheras.
Autor: Arturo Michelena
Oleo.   

E se lanza con su caballo al agua, seguido de unos cuantos llaneros, y se toma las embarcaciones, luchando a nado contra los que se oponían.



Los llaneros, Páez y Bolívar en “La Toma de las Flecheras”.
Autor: Tito Salas. 1928
 Oleo en Casa Natal de El Libertador  
Al cabo de tres dias de marcha caen de inmproviso sobre los españoles a las seis de la mañana, cuando todavia muchos no se habian desperezado. Un toque de corneta prolongadísimo ordena a todos los realistas a retirarse y encerrarse en las fortificaciones
José Antonio Páez

Páez hace una descripción del carácter y la figura de Bolívar: “… impetuoso y dominador cuando se trataba de acometer empresa de importante resultado… Era amigo de bailar, galante y sumamente adicto a las damas, y diestro en el manejo del caballo… Amigo del combate, acaso lo prodigaba demasiado…”.
El Libertador Simón Bolívar y José Antonio Páez se encontraron en el caño Cañafístola (Apure). De aquel encuentro, el gran caudillo llanero hace una descripción de la figura de Bolívar:

“Hallábase entonces Bolívar en lo más florido de sus años. Su estatura, sin ser procerosa, era no obstante suficientemente elevada (…) sus dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad de su cuerpo y en el brillo de sus ojos, que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos, con mirar de águila. Tenía el pelo negro y algo crespo, los pies y las manos tan pequeños como los de una mujer, la voz aguda y penetrante. La tez, tostada por el sol de los trópicos, conservaba no obstante la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitud por los cuales había pasado en sus marchas. A pesar de la agitada vida que hasta entonces había llevado capaz de desmedrar la más robusta constitución, se mantenía sano y lleno de vigor; el humor alegre y jovial, el carácter apacible en el trato familiar; impetuoso y dominador cuando se trataba de acometer empresas de importante resultado.
Era amigo de bailar, galante y sumamente adicto a las damas y diestro en el manejo del caballo; gustábale correr a todo escape por las llanuras del Apure. En el campamento mantenía el buen humor con oportunos chistes; pero en las marchas se le veía algo inquieto y procuraba distraer su impaciencia entonando canciones patrióticas. Amigo del combate, acaso lo prodigaba demasiado y mientras duraba tenía la mayor serenidad. Para contener a los derrotados, no escaseaba ni el ejemplo, ni la voz, ni la espada…”.

 

enero 30, 2011 Posted by | HISTORIA | , , , , , , , , , , , | 2 comentarios