Taimaboffil's Blog

A la mujer, jóvenes y niñ@s, con pretendida óptica revolucionaria.

Mujeres condenadas


“Mujeres condenadas”.Autora: Mora Torres Publicado:Octubre 28 ,2009. Extraido de: Monografías.com

Entre mis viejos escritos (Fighting for the Freedom) encontré una novela que no recordaba mucho (La novela). Se llama “Mujeres condenadas” (Mujeres asesinas: ¿criminales o heroínas?), título que cambiaría por otro menos monumental, pero respecto a éste hay varias observaciones dentro del manuscrito: “Citar a Baudelaire”, por ejemplo (Bien vale un verso). Otra reflexión que encuentro: “Es probable que el libro se llame Mujeres condenadas ¡en latín!. En cálculos, se supone que mi abuela nació en 1890 (Fotografía post mortem en el Perú siglo XIX); que la parió a mi madre en 1930 (Totalitarismo 1930 y totalitarismo siglo XXI), y que yo vine al mundo en 1970. Ahora tendría 25 años y estaría en la cárcel desde hace cinco por un crimen que cometí a los 20 (La asesina ilustrada; el libro de la muerte). Aunque todo esto es, quizá, demasiado redondo”. Transcribiré algunos capítulos salteados y reducidos, porque me parece que a mis amigos y colaboradores puede llegar a interesarles (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad). Capítulo I Si maldita, que me maldigan las cosas más sólidas. Que me maldigan no los pequeños momentos en que al mirar la estrella (que yo llamo Clara) apresé el inmóvil perfil de la belleza muerta, sino las muchas horas en que se desprende de mí una esencia mortal. Que mis ojos sean capaces de cubrir la reliquia de un hombre que se pudre y de observar la fosa abierta de su corazón, y la aberración de ser todos los hombres sea yo misma, llamándome Hitler y Teresa y Calígula y Agustín y Francisco, y ésos que no fueron ni esto ni lo otro, apenas los peluqueros, los diáconos y los sirvientes de ellos; apenas los que viven a ciegas porque nacidos como ciertos roedores en un lugar estrecho y oscuro, no necesitan de la vista para encontrar alimentos y perdurar su tiempo de sepulcros. Estoy presa, y me parece que he nombrado mi vida al hablar de esos ciertos roedores. La condena que me impusieron es semejante, mirada panoránicamente, a mis días anteriores a ella. Si no recuerdo mi nacimiento, sí en cambio mi infancia fue como ese tubo negro que se sospecha que observamos al nacer; el patio gris y las paredes leprosas que me albergaron eran el envejecido útero de mi madre; también el de mi abuela, que parió a mi madre a los cuarenta años inaugurando una tradición de progenitoras añosas en la familia, cuando a su vez sus antepasados ya habían legado a la ciudad varias generaciones de bellas prostitutas. La más bella de todas fue mi abuela, Corina, y por eso fue menos prostituta que dama de compañía de varones de altísimo rango, que hembra amancebada de un político de renombre, que enjoyada muñeca de palcos de ópera alquilados. El dinero que su hermosura consiguió se lo comieron estos vicios inocentes que le dejaron los mismos que la sacaron del horror. Vestidos caros y perfumes, carruajes ricos, espectáculos y viajes por el mundo -después, cuando yo era adolescente y ella una anciana legendaria, como en un golpe de dados, el dinero volvió. (…) Puedo decir que mi abuela me dio también un sentido de la vida; un modo sutil de mirarla como a un reloj de arena cuya arena se acaba en poco rato, que es delicioso ver caer con blandura, deformando el montón de horas que fueron. Mi madre, Iris, fue entre mi abuela y yo un puente devastado por el que crucé para alcanzar a Corina. La primera vez que descubrí a mi madre ella estaba sentada en un sillón, un poco a oscuras, tejiendo con la luz que entraba escasamente por ser casi de noche. La cara parecía roja, el pelo era gris, las manos, las de una viejecita de cuento; la ropa, igual, como la de una viejecita protagonista de un cuento de pobres; pero estaba calzada con un par de zapatos de salir, y daban una impresión grotesca esos tacos aguja, relustrados, en el conjunto de miseria. Yo sabía sin entender del todo que estas incongruencias correspondían a una eterna contienda con mi abuela, que Iris alternaba su resignado estar con fragmentos de lucha. Le pregunté por los zapatos y ella dejó la masa de tejido rosado y corrió al dormitorio; se encerró a llorar. La curiosidad por esta pequeña historia me persiguió durante largo tiempo. La actitud de mi madre me hizo pensar en algo más que en una simple competencia con Corina, y adjudiqué a ese par de charoles un valor de misterio que tal vez no tenía, pero que curiosamente influyó mucho más tarde en los sucesos que me trajeron hasta aquí. Yo buscaba manchas de sangre en los zapatos; si no, el modo de que me revelara el amante escondido por detrás, o a la persona que refugiáramos en casa, de la que mi madre hubiera tomado el par. Si eran un robo, un asesinato, o memoria de alguien. Salí a jugar al patio. Ya era de noche y yo suponía que una de esas estrellas del cielo me pertenecía; la tenía identificada y la llamaba Clara; Clara tenía una voz dentro de mí. Yo preguntaba y eran otras palabras, no las de una niña, las que respondían en mi interior cuando le preguntaba a Clara; el tono era insidioso, maligno. Me contestaba con ecos de la voz de una antigua amiga de mi abuela que yo no conocí pero cuya historia me contaron. Tan bien descripta por mi abuela Corina, yo identificaba la voz de Anabela, esa amiga suya, sin haberla escuchado jamás, y nacía en mí misma bajo el influjo de mi estrella. Capítulo II Anabela -y esto ocurría en los últimos años del siglo XIX- empezó correteando con Corina por las calles más negras de Buenos Aires. El barrio se llamaba Las Quintas, y había burdeles, claveles en un rectangulito de jardín, patios clandestinos donde comenzaba a insinuarse la locura del tango. La casa donde vivía Anabela era la misma que la de Corina, un prostíbulo en el cual ambas nacieron sencillamente porque tenían un serio destino de nacer, inclusive entre abortos de sietemesinos de las mujeres del lugar y muertes de las mismas provocadas por precariedad y mugre. Aunque Anabela y Corina no se llamaron así desde el principio, ya a los doce años les otorgaron esos nombres los primeros, generalmente decrépitos, amantes. La madre de Anabela murió un día de la segunda infancia de ésta y de mi abuela, y la velaron en la sala de espera del burdel. A Corina le impresionó que, en el ataúd, la muerta pareciera más joven y desamparada que su propia hija; un pajarito congelado, una mujer con destino de pájaro debajo del sombrero de plumas rojas con que habían decidido completar la mortaja, roja también, de su vestido de fiesta. Anabela lloraba desconsoladamente, más que por su madre, por su propia suerte futura. Corina trataba de calmarla con un código de abrazos secretos y de besos que habían inventado las dos, pero sin conseguirlo. Se acercó la Encargada, Madame Beatriz, y acarició el enrulado pelo de Anabela penetrando con las manos en un territorio de sensualidad inexplorada. La revisó de arriba a abajo; pesó sus pechos incipientes, siguió con los dedos la curva del vientre demasiado joven, tanteó los muslos y finalmente dictaminó que podía ocupar el sitio de su madre en la casa; habría comida, alojamiento y algún dinero extra. Anabela no se horrorizó, siguió llorando, aunque decidió al mismo tiempo comenzar su trabajo lo antes posible. A Corina la conmovió la desgracia de su amiga y sintió que no debía dejarla sola; la única solidaridad posible consistía en compartir el oficio. Lo consultó con Madame Beatriz, quien inmediatamente asintió; a ella no necesitaba revisarla, su encanto era visible. Esa misma noche, mientras el velorio seguía entre copitas de licor de naranja y de menta y tazas de café, Anabela y Corina, mi abuela, sufrieron la embestida del primer hombre gordo, viejo y voluptuoso que las tuvo a las dos, una detrás de otra, y las dejó abrazadas entre sí, temblorosas, diciéndose palabras de ternura después de la brutalidad del macho, reconociendo que el amor entre mujeres era tal vez lo único que podía componerles el alma. Aún en sus doce años, la voz de Anabela era grave, madura -como la de Clara, mi estrella de los cielos-, con la suave ronquera de penumbra que las niñas quieren a menudo imitar de algunas mujeres mayores. Esa voz le proponía a Corina, entre las sábanas, delicias que las llevaban lejos de la sala de velatorio improvisada, de la muerte y la vida, de las gotas de sangre que certificaban sus recientes bautismos. Se acariciaron hasta que el dolor por la reciente penetración del viejo cliente dio paso al deseo más inesperado, hasta que finalmente encontraron la forma -la forma eterna- del sexo entre amigas. Corina se asombró de “sentir”, pero Anabela sintió, más que nada, la emoción de tener a una mujer. Ya los papeles habían sido otorgados por el extraño dios a cuyo cargo están las extravagantes ramificaciones del placer. Mi abuela “sentía” todo lo relacionado con éste, en cualquier circunstancia, reservándose sólo una estimación estética del otro o de la otra, que tanto podía consistir en él mismo como en sus modales o en el clima que se creaba entre los dos; prefería, de todos modos, a los hombres, pero jamás le disgustó una bonita muchacha en la cama. Anabela había despertado al amor -a la pasión- en brazos de Corina, y la mujer fue su elección para toda la vida; lo demás sólo fueron cuestiones comerciales. Capítulo III A pesar de su profesión antigua, que le había servido para aprender las artes de la simulación, para encubrir y falsificar situaciones, Corina le dijo siempre la verdad a su nieta, es decir a mí, inclusive desde que yo era muy pequeña. Mi abuela era inteligente y por eso mismo me confería inteligencia, don que sólo pueden otorgar los que lo tienen en grande; los apenas lúcidos califican de estúpida e ignorante a media humanidad, los genios encuentran el reflejo de su propio genio inscripto hasta en su sombra, y son genios todos aquellos que, como mi abuela, han conseguido trascender su propia vida no con la fama o el recuerdo, sino con haber sido únicos en cada instante por delicadeza y originalidad. (…) Capítulo VI El grupo que se reunió en el pobre cementerio, casi un camposanto, era patético pero bizarro, original. Las compañeras de la madre de Anabela habían improvisado un coro de lloronas, pero tomaban cada treinta segundos un recreo que les permitía regocijarse de su propia suerte. La muerte de otro parece dar más chance a los que quedan; las chicas del prostíbulo, secretamente cada una, respiraban la dicha de no haber sido las elegidas para la ocasión, y de un modo oscuro se proponían algún pequeño cambio para mañana. La muerte les recordaba sus pecados, pero ellas tenían todo el futuro para reconstruirse. Los proyectos de Corina y Anabela eran exactamente opuestos; ese día habían entrado en dos planetas asimétricos, pero igualmente peligrosos; y la más eufórica de las dos jóvenes era la que se había quedado huérfana. Anabela gritó junto con las demás cuando echaron la primera palada de tierra sobre el ataúd; Corina no, pero observó con deleite la dramatización de su amiga. En alguna revista de las que navegaban ajadas y sin tapas por la casa había leído que el terciopelo negro no era luto; menos aún, pensó, con lentejuelas cosidas en forma de dragones y serpientes. Pero Anabela estaba espléndida en su papel, y hasta parecía más una viuda muy joven que hubiera asesinado a su marido y actuara de sufriente y desesperada. Pocas veces, pensó Corina, tendría ella la oportunidad de ser tan importante y tan compadecida como Anabela esa mañana. Y desde esa mañana su admiración actuó como el amor, y se propuso enamorarse además, cambiando lo que hubiera que cambiar en Anabela para su propio goce. Parada frente a la fosa abierta, Anabela era alta, magra, un poco impresionante; la cabeza pequeña equilibrada por una enorme masa de cabello enrulado; la cara diminuta, con rastros de vampiro, pero los ojos de seda o raso muy oscuros, grises y negros, extrañísimos. Sus rasgos angulosos no estaban de moda en esa época, aunque podían ser apreciados por alguien como mi abuela, que intuía más allá de patrones pasajeros otra estética de las cosas y de la gente. Si ese delgado cuerpo se encontrara cubierto con telas sencillas pero caras; si esos cabellos fueran domesticados en un peinado alto; si el rostro apenas maquillado; si los gestos estudiados sabiamente, Anabela sería digna de una o muchas pasiones. La de Corina, en primer lugar; la de los hombres también, para mejor florecimiento del negocio que recién, de modo clandestino hasta para la profesión elegida, habían iniciado las dos. (…) Capítulo VII Para el entierro de la madre de Anabela se tomó en préstamo, por orden de la Encargada, Madame Beatriz, casi todo el dinero de la casa; las mujeres fueron poniéndolo en un antiguo sombrero hongo que alguien había olvidado y que a veces servía de complemento de un disfraz. Beatriz era bastante vieja y todo lo elegante que puede ser un mujer en ese entorno y bajo la influencia de los gustos baratos de sus pupilas. Como ella era consciente de este influjo, trataba de ser sobria, y a veces su sobriedad era distinción, y otras falta de afeites y cuidados, al punto de que las empleadas comentaban su rareza atribuyéndole matices lésbicos. Los tenía, pero no estaban en relación con el atuendo. De joven, de alhajada, de preciosa, había elegido la profesión de prostituta porque, como los hombres le producían náuseas, no le comprometían el corazón. Con mentalidad masculina había logrado una pequeña fortuna; las mujeres, para ella, significaban lo que las hembras para el macho: había que sacarles el mejor partido posible, aun cuando esto significara cerrarse a sus amores. La madre de Corina, Bibi -es decir mi bisabuela-, era entre todas las mujeres de la casa su única amiga personal. Le gustaba secretamente, y oficialmente la distinguía porque la consideraba más astuta y más ruin que las demás. La ponía de ejemplo entre las otras chicas; era la requerida por viejos y por jóvenes, trabajaba muy bien, con vocación, ofrecía a precio de oro exquisiteces amatorias que sólo ella había inventado; cuidaba perfectamente su salud, se conservaba juvenil, apenas si después del parto de Corina había ganado dos kilos que le sentaban extraordinariamente. Beatriz le retenía a Bibi un porcentaje menor del que les retenía a las otras; entre las dos habían establecido una especie de sociedad aparte, y eran socias comerciales también en la distribución de morfina en pequeña escala, ya que Bibi era además la preferida de uno de los clientes de la casa, Belisario, un médico nada ortodoxo que en esos tiempos ya curaba con métodos orientales, psicología refinada y morfina todos los malestares de este mundo (…) Capítulo IX La voz de Clara dice que el aire es de presagios después de los entierros, se congela; a cada instante alguien va a decir una cosa y se calla por no decir algo que roce alguna herida; como si el muerto estuviera presente censurando, reclamando su lugar. En general, esto lo siente la gente demasiado sencilla, pero cuando todas llegaron del entierro, en compañía del único hombre que estuvo allí, el doctor Belisario, si bien las chicas participaron del aire congelado, se repartieron en secreto los chismes y las lágrimas; Madame Beatriz y Bibi, mi bisabuela, demostraron su independencia respecto a todo sentimiento y a toda tradición, aun la de la muerte. Se sentaron ante la mesa de la sala recientemente enlutada. Parecía apagarse la decoración fin de siglo con las voces veladas, si bien ya la habían apagado previamente el deterioro de los objetos y la lobreguez del ambiente. Beatriz y el doctor Belisario ocupaban las cabeceras; Bibi estaba sentada al lado de Beatriz; la mano de Corina se enredaba en el pelo de Anabela; comían un banquete fúnebre que estaba delicioso. El doctor Belisario comenzó a decir que dicen que la muerte pero Bibi parecía tener guardado en una caja fuerte un misterio importante y querer descubrirlo en ese momento preciso. Comenzó preguntando por la noche de ayer: “Supe, Beatriz, que les indicaste el camino a Anabela y Corina”, dijo, y siguió: “No por nada las caras de estos angelitos se ven tan marchitas.” Beatriz se acomodó en la silla, mientras ajustaba su chalina y se arreglaba con las manos el rodete buscando las palabras como si éstas estuvieran en algún lugar de su vestido. “Creo que ya están suficientemente buenas y en edad; ya tienen 12 años y aun parecen mayores”, afirmó. Bibi no tomó tiempo para pensar, pero su estrategia fue dirigirse al comensal más prestigioso: “¿Cree, doctor Belisario, que a la edad de las chicas puede abrirse un negocio como éste? ¿No le parece que a Beatriz se le haya ido la mano, o al menos que tenía que consultármelo?” Algunos planes de la novela (apuntes) Escribo desde la cárcel. Cuento lo que ya conté rápidamente: mi madre como puente hacia mi abuela. La vida entera de mi abuela Corina. Detalle: después del entierro de la madre de Anabela, Bibi, madre de Corina, provoca un escándalo en el prostíbulo porque Beatriz, la Encargada, asintió en que Corina se prostituyera la noche del velatorio, junto con Anabela; en realidad es porque ella quiere explotar a Corina sin compartirla. En el escándalo interviene el médico que cura con morfina y técnicas espirituales. La violencia de la pelea entre Beatriz y Bibi termina con ellas dos también en la cama, ya no con la inocencia de Corina y Anabela pero en el mismo sentido, aunque de una manera inmensamente sórdida. En otro momento futuro Corina conoce a alguien muy importante y de ahí en más se lanza al gran y fastuoso mundo. Después de mucho Corina pierde toda la pequeña fortuna que logró, envejece y se deprime por una tiempo, y a los 40 años se encierra a parir a Iris, la madre de la narradora. A Iris hay que elaborarla, pero evidentemente no debe ser tan bonita ni inteligente como su madre; hay que adjudicarle alguna seducción proveniente de sus rasgos tiernos o infantiles, tanto físicos como psicológicos, y menos inteligencia pero sí mayores estudios; ella sí completa el secundario y lee muchísimo, aunque sin ningún sentido crítico. Lega a su hija -digamos a mí, la narradora, la encarcelada- la pasión de la lectura, quien desde la niñez a la juventud primera lee como una rata y escribe, y además es refinada y educada en realidad por su viejísima abuela Corina, a quien ella -yo- termina asesinando por piedad. Como por piedad quiere asesinarla pero es justamente la piedad la que se lo impide, cuando Corina se convierte en un vegetal de unos 100 años la protagonista se da ánimos haciendo una curiosa recapitulación de los motivos que la llevarían a matar a su abuela ya no por piedad sino por odio. Aquí aparece el episodio de los zapatos de Iris y del sufrimiento que supone que Corina causó a Iris. La mata entonces, y una vez en la cárcel observa la vida de roedores de las otras presas y su propia vida anterior de rata. Recuerda el lugar común “rata de biblioteca” y el nacimiento de ratas en un rincón del patio de la infancia, de noche, bajo la estrella Clara; el nacimiento de ratas a las cuales ella, la niña, al principio, identifica con hadas

octubre 29, 2009 - Posted by | LITERATURA | , , ,

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